Doctor Tulio Ospina, 1857-1921
Reproducido del libro: Tres presidentes de Colombia y semblanzas de personajes de la familia Ospina, por Juan
Antonio Pardo Ospina, 1946. Editorial Santafé, Bogotá, Colombia
Entre los colombianos beneméritos e ilustres que figuraban de mediados del siglo pasado la primer cuarto del
siglo que corre, se destaca el nombre del doctor Tulio Ospina, padre del actual Presidente de la República,
doctor Mariano Ospina Pérez, como uno de los hombres que más han cimentado la cultura y el progreso de la
patria. No fue el doctor Ospina político de carrera y quizá por esta circunstancia de su personalidad realmente
interesante, no haya alcanzado todo el brillo que merece quien, como el doctor Ospina, consagró su vida al
estudio y al desarrollo de las ciencias, principalmente las matemáticas, en las que alcanzó los más elevados
conocimientos; sin embargo, el doctor Ospina defendiendo su ideología conservadora, su raza y su tradición,
luchó con denotado valor en los campos de batalla, concurrió al Congreso nacional en repetidas ocasiones y lo
demás de su fecunda existencia lo dedicó al engrandecimiento patrio entregándose por entero a la literatura,
porque era un intelectual de verdad y la formación de profesionales ingenieros que hoy son para el país
indicutible contingente de ciudadanos que hacen honor a la nación.
Nació el doctor Ospina en la ciudad de Medellín el día 4 de abril de 1857, en la misma casa donde vio la luz
Atanasio Girardot, el héroe del Bárbula. Y dio sus primeros pasos en el Palacio de San Carlos, siendo su padre
el doctor Mariano Ospina Rodríguez, presidente de la República.
A la caída del gobierno, cuando el ilustre expresidente, prisionero varios meses en el castillo de Bocachica y
luégo en la cárcel de Cartagena, logró evadirse de ésta con el apoyo inteligente de su esposa, la familia Ospina
abandonó el país para ir a radicarse a Guatemala, donde hizo el doctor Ospina sus primeros estudios.
A la edad de 19 años abandonó las aulas para empuñar la espada. En la campaña de “Los Chancos”, en el
valle del Cauca, fue herido gravemente y prisionero de César Conto, quien lo envió a Panamá con otros presos
de importancia. En aquella ciudad halló el doctor Ospina un benévolo protector en el Ilmo. Sr. Paúl, más tarde
Arzobispo de Bogotá. El le facilitó los medios para ir a Costarrica y luégo a San Francisco de California, donde
ingresó al Colegio de Santa Clara, regido por sacerdotes jesuítas, con el fin de aprender el inglés. Allí se le unió
su hermano Pedro Nel y se matricularon ambos en la Universidad de Oakland para cursar estudios de Ingeniería
de Minas y Metalurgia. Debido a las malas circunstancias pecuniarias, trabajaban durante la noche en una
farmacia para atender los gastos que sus estudios demandaban.
Obtenido su grado de Ingeniero, emprendió el doctor Ospina, en compañía de su hermano, también graduado,
un largo viaje por Europa, visitando Inglaterra, Francia, España, Italia, Austria y Alemania, y durante más de un
año se consagró a estudiar Química Agrícola con el señor Cloez, ilustre profesor del Jardín de Plantas. Por esa
época se hizo miembro de la Sociedad Geológica de Francia.
Regresó el doctor Ospina al país en el año de 1882 y constituyó, con sus hermanos, una sociedad, la cual
emprendió grandes obras agrícolas e industriales, como plantíos de cafetos, fábricas de ladrillos, licores y
cervezas, explotación de minas de oro y establecimiento de un laboratorio de fundición y ensayes.
Las tareas industriales no lograron alejarlo de las actividades intelectuales. Fue el doctor Ospina un delicioso
cuentista y conferenciante y autor además de varias obras históricas y científicas, entre ellas un notable tratado
de Geología. Fue profesor de Química, Economía Política, Agronomía Zoología y otras muchas materias.
En 1888 fue elegido representante al Congreso y presidió la Cámara en su carácter de vicepresidente..
Presentó entonces un vasto proyecto de ley para la organización del Banco Nacionala, al cual acompañó un
extenso estudio sobre la materia, tan importante, que fue mandado reimprimir por el congreso de 1892.
En 1904 fue nombrado rector de la Universidad de Antoquia y en 1911 rector de la Escuela Nacional de
Minas, cuya fundación en el año 1895, se debió en gran parte a sus esfuerzos y a los de su hermano Pedro Nel.
A esta escuela consagró el Dr. Ospina, aun en los últimos días de su vida, venciendo heroicamente los
sufrimientos de una enfermedad mortal, las imponderables dotes de su inteligencia y de su alma. A su muerte
fue nombrado por el gobierno nacional para sucederlo en la rectoría de la Escuela, su hijo el doctor Mariano
Ospina Pérez.
Obtuvo el doctor Ospina, por concurso, en 1915, la representación de Colombia en el Segundo Congreso
Científico Panamericano reunido en Washington, en el cual le tocó presidir tres de las sesiones de Minería y
Geología.
Fue uno de los mayores productores de café del Departamento de Antioquia. Además inició la formación de
dehesas con pastos europeos y la aclimatación de las razas de vacunos Normanda y Ayshire.
La cultura exquisita del doctor Ospina y la sencilla elegancia de sus maneras fueron proverbiales. Poseía el dón
incomparable de la gracia, que chispeaba en su plática llena de amenidad y salpicada de anécdotas. Cortesano
sin estiramientos y exento de la vulgaridad en qu algunos caen, el doctor Ospina fue el tipo de gentleman genuino.
Como jefe de hogar fue modelo. Hizo la felicidad de los suyos, sacrificándose siempre en aras del amor a su
esposa y a sus hijos.
Murió el 17 de febrero de 1921 en la ciudad de Panamá, donde fue en busca de salud, acompañado por su hijo
Mariano. Pocos días antes de su muerte se le veía aún hacer apuntes para una obra monumental a la se había
dedicado con verdadero ahinco durante cuatro años. Un estudio sobre la prehistoria de las lenguas americanas.
Empresa tan ardua, que para estudiar y deducir –decía él mismo– determinados fenómenos fonéticos
relacionados con la historia y la sociología, había llegado a caso de tener que comparar hasta dos cientos
idiomas y dialectos. Y pedía a Dios que le diera un año más de vida para dejar terminada su grande obra. Pero
sus días estaban contados y de su esfuerzo científico no quedó más que una infinidad de apuntes dispersos que
ningún filólogo supo aprovechar.
Sirvió a la Patria y a las ideas de orden y de justicia con el coraje de los más bravos caudillos que en Colombia
han sido. Guerrero de casta real, como descendiente de hidalgos conquistadores, era capaz de holocaustarse
por su Dios, por su Patria y por su causa.
