Pastor Ospina Rodriguez , 1809-1973
Reproducido del libro: Tres presidentes de Colombia y semblanzas de personajes de la familia Ospina, por Juan
Antonio Pardo Ospina, 1946. Editorial Santafé, Bogotá, Colombia.

Heredero el doctor Pastor Ospina de las virtudes ascendientes que habían dejado y a la república el más valioso
caudal de enseñanzas y de realizaciones, consideró desde su infancia que la tradición de sus mayores venía de
generación en generación como un imperativo de conciencia y por ello la historia de Colombia recoge en la vida
toda del doctor Ospina, ejemplos admirables de rectitud, de varonía, de patriotismo, de alitivez y de nobleza;
vivió para servir a su patria, entregó a ella toda su fortaleza, su inteligencia y su extraordinaria bondad pensando
y así lo dijo en carta familiar a su esposa doña Carlota Chaparro “que él tenía que ser en la trayectoria de su
vida la continuación de sus antecesores para que sus hijos prolongaran aquella trayectoria que habían de
recorrer sus demás descendientes”.
Nació en Guasca, Cundinamarca, el 6 de julio de 1809, y fue hijo de don Santiago Ospina y de doña Josefa
Santos Rodríguez y hermano del doctor Mariano Ospina Rodríguez, Presidente de la Nueva Granada y con
quien compartió la lucha de una existencia brava y difícil como lo fue la del país en el siglo pasado, y si la
personalidad del doctor Pastor Ospina no ha sido suficientemente honrada por la patria, esto se debe
seguramente a que él no aspiraba a crear para sí reputación de gloria ni a que su nombre hubiera de figurar en la
historia, pero sí a que sus hechos contribuyeran a valorar de manera perdurable la igualmente extraordinaria
labor de su hermano Mariano.
Estudió en Bogotá hasta graduarse en medicina, sin que ejerciera la profesión; fue erudito en ciencias exactas,
físicas y naturales, en pedadogía, la que ejerció como catedrático en diversos centros de Bogotá, Mompós y
Guatemala, país este último que enriqueció con su extraordinaria versación en agricultura a la que dedicó
científicamente buena parte de sus últimos años de su vida buscando, como lo afirmaba en carta a uno de sus
hijos, “en la naturaleza que es pródiga en compensaciones los frutos que no han sabido o no han querido dar los
humanos que ofuscados por las pasiones non encuentran la verdad donde se halla”. Esto lo decía el doctor
Ospina desde su destierro político en Guatemala, y fue paladín incansable de la libertad y de la democracia,
como lo demostró siempre en su vida.
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1.841. Diputado Secretario de la Cámara de Representantes.
Porque el doctor Ospina poseía vastísima ilustración y porque se cosideró siempre él un medio de que la patria
debía valerse para el engradecimiento común y porque nunca se perteneció a sí mismo, sino que, por el
contrario, consideraba que sus facultades eran propiedad de los demás, inició su vida pública trabajando por las
instrucción, actividad ésta que embargó todos sus empeños y en la que consideraba cumplir su lema de
entregarse en cuanto valía a sus semejantes, aun cuando por diversas circunstancias dedicaba su inteligencia,
esfuerzo y capacidades a otros menesteres de la vida nacional; fue Gobernador en 1844 de la provincia de
Cartagena y también lo que fue de las de Mariquita y Mompós; en 1846 ocupó la Gobernación de Bogotá
dedicando todas sus preferencias al fomento de la educación, y en forma de textos escribió cuatro obras de
altísimo valor pedagógico, la primera de ellas sobre la agricultura, el cultivo del algodón, que con grande visión
decía ser el gran porvenir de América, otra sobre jurisprudencia, una tercera sobre moral cristiana para la
Universidad, y la última, do lo que no está inédito, Lecciones de Religión, Moral y Urbanidad, en el año 1845.
En 1.847, el gobernador provisional Pastor Ospina intentó poner un poco de orden al crecimiento de la ciudad y
propuso al Concejo Municipal el primer plan de desarrollo urbanístico que conoció la ciudad, en el cual se
sugirió la extensión del casco urbano hacia el occidente de la pila de San Victorino en una línea de mil metros
con igual medida a lado y lado, con la seguridad de que los dos siglos siguientes la capital tendría hacia donde
crecer. El Concejo desatendió la propuesta.
En la prensa, inclusive la del exterior, era muy solicitada la colaboración del doctor Ospina. En beneficio de la
instrucción pública, dedicó principalmente sus empeños a la enseñanza primaria y con los Reverendos Padres
Jesuítas colaboró asiduamente, siendo el principal de los colombianos que luchó para restablecer en el país a la
Compañía de Jesús, hasta lograrlo, porque consideraba con justísima razón que la obra hasta entonces realizada
por el Colegio de San Bartolomé y la qaue le porvenir le reservaba a este plantel ilustre, sería como lo ha sido,
elemento decisivo en la cultura nacional.
Fue el doctor Ospina, Senador, Representante y Secretario de ambas Cámaras en diversas legislaturas y en
ellas contribuyó, como consta en los Anales del Congreso, y no de cualquiera manera, a sentar bases
constitucionales y legales que hoy y para siempre habrán de ser fundamentos de la República.
Como diplomático representó un unión de don Juan Francisco Martín, en el Perú, a la Nueva Granada, y su
actuación en el Congreso Americano, reunido en Lima, fue señaladamente distinguida porque su versación en
derecho internacional y particularmente en los problemas de la época, demostraron su inmejorable preparación;
un señalado internacionalista peruano de la acualidad, afirmaba hace poco: “valdría la pena que los asistentes o
representantes de países americanos a las conferencias que actualmente se reúnen con motivo de la post-guerra,
conocieran las disertaciones del doctor Pastor Ospina en Lima con motivo del Congreso Americano a que
asistió representando a la Nueva Granada”.
A mediados de 1851 intervino en el alzamiento revolucionario, porque consideró que defendía la justa causa; fue
hecho prisionero, encarcelado con grillos por espacio de seis meses hasta que se decretó su destierro de cinco
años; viajó por Europa, en tanto se ordenó su indulto que firmó el general Obando, y los conocimientos que
adquirió en el viejo continente en las diversas ciencias de su predelicción llegaron a hacer del doctor Ospina
indiscutible catedrático y benemérito hombre de ciencia; así lo reconocieron sus contemporáneos y el respeto
que se mantenía por sus opiniones y conceptos, que eran solicitados y acatados, mientras no intervenía la pasión
política de la época, lo reputaron como consejero inmejorable porque la ética de su moral y de cristianismo
fervoroso que dejó escrita el tratado de Moral cristina, para la Universidad, y que redactó para contraponer a
las teorías materialistas de Jeremías Bentham, entonces en boga, fue en todo momento la panacea que debía
aplicarse en la conturbada época que vivió la república en el siglo XIX.
En la época de la administración del doctor Mariano Ospina Rodríguez, su hermano don Pastor, que por
delicadeza consideró no debía intervenir en forma alguna, concurrió eventualmente al Congreso; cuando la
revolución contra el gobierno del presidente de la Nueva Granada, difícilmente pudo evadirse de Bogotá en
unión de su hermano el presidente y se cuenta que a ese último le fue preciso escapar disfrazado de jesuíta,
habiendo sido apresados los dos hermanos Ospinas en las ciudad de La Mesa y trasladados a Chapinero, con
grillos, al campamento del general Mosquera, donde quedaron en capilla; para salvar la vida de aquellos dos
ilustres colombianos intervinieron el cuerpo diplomático, el general Herrán y el general Santos Gutiérrez; la
prensa de aquella época y cartas aquí insertas, narran la tragedia que padecieron los presos políticos de la
revolución del año sesenta y principalmente la odisea de su traslado a las bóvedas de Bocachica, en Cartagena,
hasta su evasión en 1862, ésta a virtud de la heroica gestión personalmente realizada por las esposas de los
doctores Ospinas doña Carlota Chaparro de Ospina y doña Enriqueta Vásquez de Ospina, esta última
traladándose de Medellín a la ciudad Heroica, hasta obtener la evasión de su marido y de su concuñado.
Porque la historia ha querido ignorar los admirables merecimientos, las ponderosas virtudes y el altísimo valor
del Dr. Pastor Ospina, podría parecer extravagante afirmarque no fue inferior a su hermano Mariano; pero quien
consagre algún tiempo a estudiar la vida de estos dos beneméritos colombianos, hallará fácilmente, y así lo
afirma el general Joaquín Posada Gutiérrez, cuando dice: “No sería exageración decir que don Pastor no le va
en zaga a don Mariano en materia de conocimientos”. Y como su patriotismo, sus realizaciones y el hecho
culminante de la vida del Dr. Pastor Ospina,su acendrado cristianismo que fue el guión de todos sus actos,
tampoco le fueron en zaga a ninguno de sus ilustres contemparáneos, bien se puede decir que entre los
ciudadanos beneméritos del siglo XIX, está el Dr. Pastor Ospina”.
En la obra Semblanzas Colombianas, del doctor Gustavo Otero Muñóz, Biografía del doctor Pastor Ospina R.,
leemos:
“Hombres excepcionales los dos Ospinas en punto a virtudes cívicas, después de haber apurado hasta las heces
el cáliz de amargura, sin que fueran culpables de delito alguno, sin causa que explicase tan indignos tratamientos
como los que les propinó su cruel vencedor, en medio de los dolores de larga y enfermiza prisión, don Pastor no
se consintió mas desahogos que los del sentimiento patriótico, torturado por la ruina de la república, que iban a
refugiarse en el amor de Dios, a quien ofrecía sus dolores en mística plegaria.......
“No era el doctor Ospina de aquellos para quienes ibi patria ubi bene: su país nativo fue en todas partes la patria
de su corazón. El mismo lo había dicho en uno de sus últimos escritos: “El sentimiento del patriotismo jamás se
agota. La prosperidad de la patria calma los sufrimientos del patriota; y ocuparse de ella sin poder gozarla, es
un tormento que alivia y un placer que destroza el corazón”.
“Resuelto al fin el doctor Ospina a restituírse a su patria, anunció para el año de 1873 la fundación de un colegio
en Bogotá, provisionalmente dirigido por su yerno, don Simón B. O’Leaery. Apercibíase a venir, cuando
primero la enfermedad de su esposa, y luégo la que le llevó a la tumba en país extranjero, le impidieron realizar
su pensamiento. La Providencia quiso dar fin a sus dolores, y la muerte le arrebató en Guatemala, en el mes de
mayo de 1873. Murió con la nostalgia del proscrito, lejos del sepulcro de sus padres, lejos del teatro de su
infancia, lejos de la cuna de sus hijos. Ni tan siquiera se le pudo cumplir el deseo de reposar en el humilde
cementerio de la aldea en que antes de la conquista española residían los príncipes de Guasca Itocan, en medio
de una cuadrilonga cubierta de flores y al amparo de una cruz de piedra, rodeada por un simple sardinel de
ladrillo, como los sepulcros que él había visto en una ciudad alemana, desde los cuales niñas inocentes se
hincaban y levantaban los ojos al cielo, elevando sus preces hasta la ma