Mariano Ospina Chaparro
I.  Cronología de una vida

Mariano Ospina Chaparro, como su hermano Sebastián creció en un ambiente propicio al esfuerzo y al valor.

Nació el 12 de octubre de 1854 en Bogotá, y a los siete años hubo de ver destrozada su familia por el
sufrimiento y la separación, cuando en 1861, presos su padre don Pastor y don Mariano, fueron condenados a
muerte por Mosquera, aunque luégo les fue conmutada la pena de muerte por cárcel perpetua en las bóvedas del
castillo de Bocachica.

El niño escuchaba pensativo la lectura de las cartas heroicas que su padre escribía a doña Carolta Chaparro y a
sus hijos desde la horrible prisión y desde el destierro, y en el alma infantil se formaban inconscientemente hondas
resoluciones de ser jamás indigno de la alteza de sus mayores.

En 1867 vino Sebastián de Guatemala para llevar la familia allá, donde don Pastor había establecido un colegio y
Mariano, de trece años, continuó sus estudios en el colegio que los Jesuítas habían establecido en la nueva
Guatemala.  Luégo hizo estudios universitarios y se graduó de ingeniero agrimensor.  Muerto su padre en 1973,
volvió la familia a Bogotá ese mismo año, y Mariano colaboró con el colegio fundado por Sebastián, según la
última voluntad de su padre.  Disuelto el colegio a los dos años, trabajó privadamente hasta que estalló la
revolución de 1876.  Mariano partió desde el primer momento y fue a encontrarse en Guasca con Sebastián,
quien acababa de llegar a Ubalá y organizaba la famosa “Guerrilla”.  Desde entonces los dos hermanos
continuaron unidos en todos los combates, tiumfos y derrotas: en la Calleja, en Guadalupe, en Cerro Gordo, en el
Chochal, y más tarde, cuando la Guerrilla de Guasca se convirtió en el “Ejército del Norte”, Mariano Ospina
luchó violentamente en los combates de Boyacá y Santander y, finalmente en la Donjuana, el 27 de enero de 77,
terrible batalla que fue el prólogo triste del día tristísimo de Musticua.

En esta última batalla fue destrozado el Ejército del Norte y muerto heróicamente el incomparable coronel
Sebastián Ospina.  Mariano escapó del desastre y en la fuga un compañero le comunicó que su hermano
Sebastián había sido herido en el combate.  Entonces Mariano volvió atrás, se presentó al enemigo y exigió que le
permitieran atender a su hermano, caído en el cerro de Cupagá. Los enemigos le respondieron con la prisión y lo
remitieron a Pamplona con otros prisioneros conservadores, quienes continuaron presos allí por algún tiempo.  
Para Ospina Chaparro el cautiverio no se prolongó mucho.  Porque un día en que observó distraído al centinela,
lo derribó de un tremendo puñetazo, le arrebató el arma y emprendió una atrevida fuga por las montañas de
Santander y Boyacá, hasta llegar a Guasca a los tres meses, exhausto y medio desnudo.  Tenía veintitrés años y
había ascendido ya por su inteligencia, su actividad y su osadía al grado de Teniente Coronel.
***
Terminada la guerra en 1877, al año siguiente se dirigió Mariano Ospina a Ubalá (*), a continuar la explotación
empezada por Sebastián en las fincas de Palma y Guarumal, herencia de sus padres.

En 1881 contrajo matrimonio con la admirable matrona Belisa Bernal, descendiente de una noble familia colonial
originaria de Castilla, que aún vive a edad de y dos noventa años con una mente clara como una mañana de sol.

Consagrado a las labores del campo que siempre ejercieron un profundo atractivo en su espíritu, pasó algunos
años en su bella hacienda de Guarumal, hasta que el movimiento de la Regeneración se fue extendiendo, como en
ondas concéntricas, desde Bogotá hasta los confines de la República.  En los últimos meses de 1884 trasladó a
su familia a la capital, y en diciembre colaboró activamente en preparar una manisfestación capaz de hacer ver el
respaldo que prestaba la opinión popular al doctor Núñez.  Esa manifestación en que tantos distinguidos militares
tomaron parte, fue una gran cabalgata en que 1.328 jinetes desfilaron durante una hora el 1.° de enero de 1885
ante el palacio de San Carlos. La concentración de personal ocasionada por aquel acto, fue la base en la
organización del ejército en que se apoyó la Regeneración.  En ese mismo mes Ospina Chaparro fue ascendido a
Coronel por el Ministro de Guerra, General Antonio B. Cuervo y nombrado jefe del batallón 6o. de Guasca.

Al frente de sus valientes guasqueños, con quienes había hecho sus primeras armas diez años antes, militó a las
órdenes del General Manuel Briceño en la campaña de Antioquia y Bolívar hasta la muerte prematura del gran
caudillo en Calamar, el 11 de julio de 1885.  En aquella campaña conmilitó con sus primos los Generales Pedro
Nel Ospina y Mariano Ospina Vásquez.

Pacificada la nación, Mariano Ospina Chaparro continuó sirviéndole como Inspector de Educación y luégo como
Prefecto de la provincia de Guatavita hasta fines de 1890 en que volvió con su familia a los queridos campos de
Ubalá.

Fue elegido representante al Congreso para la legislatura de 1894 a 95, año en que los liberales se levantaron en
armas en varios departamentos del país.  Ospina ascendido a General de Brigada por el General Reyes,
acompañó a este gran estratega hasta la batalla de Enciso, que destrozó la invasión venezolana en Santander y
con ella la revolución misma.

El 18 de octubre de 1899 volvió a estallar la revolución liberal, organizada por el General Rafael Uribe Uribe y
otros jefes que supieron aprovechar bien la división del conservatismo entre nacionalistas e históricos.  La
desastrosa derrota del gobierno en al Amarilla (Santander), los días 15 y 16 de diciembre, sacó de su
retraimiento a los militares históricos, y mientras los generales Casabianca y Pinzón reorganizaban el ejército en
Santander, Pedro Nel Ospina en Antioquia y Ospina Chaparro, ascendido a General de División, recibió el
encargo de formar las fuerzas al oriente de Cundinamarca.

El jefe liberal Avelino Rosas había aparecido en Casanare nombrándose “Generalísimo de los ejércitos
restauradores” y había avanzado sobre Villavicencio hacia la capital.  Mariano Ospina, en cuanto terminó de
organizar sus batallones, emprendió una brillante campaña contral el jefe revolucionario: lo atacó preatamente, lo
hizo retroceder desde Villavicencio a San Martín, lo forzó a vadear el Ariari y penetrar en el Tolima, hasta
hacerlo huir precipitadamente hacia el sur, donde preparó la sexta invasión ecuatoriana.

Terminada la campaña del Tolima, dirigió su actividad Ospina Chaparro contra las guerrillas que en número de
unos 3.000 hombres, a las órdenes de los jefes Ibáñez y Marín, rondaban por las montañas del occidente de
Cundinamarca y eran la continua zozobra en Bogotá.  El 24 de julio de 1900 al asaltar las fuertes trincheras de
los guerrilleros, Ospina fue gravemente herido y hubo de retirarse de la campaña por algunos meses.  Pero al año
siguiente ascendido a General en jefe (enero 16 de 1901), prosiguió con ventaja la lucha contra las guerrillas en la
región de Fusagasugá.

Cuando en diciembre de 1902 apareció en Casanare Uribe Uribe al frente de la cuarta invasión de venezolanos y
se lanzó por Medina y Ubalá hacia la Sabana, el gobierno envió a detenerlo al General Nicolás Perdomo, a quien
acompañó como gran conocedor de la región oriental, Ospina Chaparro.  Al bajar del Páramo de Guasca el
ejército de Uribe Uribe encontró en el Amoladero las tropas conservadoras, que le infligieron una gran derrota y
lo hicieron desandar el camino hasta pasar el Guavio, en cuya banda opuesta se hizo fuerte.  Los dos ejércitos se
atrincharon enfrentados en las dos empinadas vertientes.  Allí prestó Ospina Chaparro un servicio decisivo:  él
sabía muy bien que algunos kilómetros más abajo de aquel sitio, el río se estrecha violentamente entre dos
grandes rocas y ofrece bases peligrosas pero firmes, para un puente bien encubierto por la selva.  Los Generales
Mariano Ospina y Manuel Cañadas tendieron el puente improvisado, cruzaron el río y flanquearon de improviso
la línea enemiga.  Los soldados en gran parte cayeron prisioneros y el resto por el camino de Medina huyó hacia
los Llanos de Casanare; el jefe liberal se refugió en Venezuela.

Dos meses después terminaba la “Guerra de los Mil días”, en febrero de 1903.

Al año siguiente Ospina Chaparro fue de nuevo elegido representante al Congreso; en 1906 fue puesto al frente
de la Intendencia de San Martín; en 1908 fue nombrado Gobernador de Cundinamarca, y en 1910 Intendente
del Ejército.

En 1912 Mariano Ospina se retiró al Valle del Cauca para consagrarse una vez más a la vida campestre, donde
pasó largos años, hasta que la guerra con el Perú en 1932 vino a levantar una oleada de sentimiento patriótico
por todo el suelo de Colombia.  Ospina Chaparro, ¡a los 78 años de edad! se dirigió al Presidente de la
República, reclamando por sus servicios anteriores, un puesto en defensa del honor nacional.

Algunos años más tarde este indomable soldado de Colombia rendía su generosa existencia en Bogotá, el 26 de
diciembre de 1942.  La bandera nacional cobijó su ataúd y el ejército colombiano, con sus bandas de guerra,
acompañó a su antiguo jefe hasta el lugar del último descanso.  En la lápida que guarda los restos del luchador se
diseñan dos manos varoniles ofreciendo una espada; arriba, entre una corona de encina y laurel, se lee este lema:
Pro Deo et Patria.

Como se ve por esta sucinta cronología, Mariano Ospina Chaparro no degeneró de sus mayores:  como ellos,
fue un leal servidor de Dios y de la Patria.  Pero creemos que su mejor servicio a Colombia es la familia que dejó
en pos de sí.  Su hija mayor, Carlota, y José Mariano, ingeniero-arquitecto, han recibido la envidiable misión de
conservar el fuego sagrado en el hogar paternal, aún viviente; Sebastián, ingeniero de gran aliento, es padre de
tres ingenieros; Luis, coronel, que murió en servicio como comandante de las fuerzas de Bogotá, legó su espíritu a
un distinguido oficial del ejército; Francisco, ingeniero, es uno de los arquitectos más fecundos del occidente
colombiano; Cecilia es madre modelo de un hogar modelo, y consagrados totalmente al servicio de Dios y de la
Patria; Eduardo es sacerdote en la Compañía de Jesús, y Josefina, Hermana de la Caridad en el Instituto de San
Vicente de Paúl.

Una estatua de bronce sería pobre memoria de una vida tan rica.

(*) El nombre de los Ospinas se ha vinculado estrechamente al de esta población, fundada por don Pastor en sus
propias tierras en 1846.  Sus nobles habitantes no han olvidado en cicuenta años las obras de Mariano Ospina
Ch. En favor del municipio y han colocado su retrato, junto al de Bolívar y Santander, en el salón de sesiones del
Consejo Municipal.  Actualmente están levantando un monumento al Fundador, al celebrar el primer centenario
de la población.        

II.  El hombre que vivió esa vida

Una cronología da a conocer sólo el movimiento exterior de una vida, pero no descubre bien los rasgos internos
de una alma.  Procuremos sorprender algunos rasgos íntimos del personaje cuya cronología acabamos de
presentar.

Mariano Ospina Chaparro recibió como rica herencia de sus padres un vigoroso temperamento predestinado
para la acción.  De mediana estatura tomaba siempre una actitud recta y militar hasta en los años de prolongada
ancianidad.  Sobre sus hombros bien cuadrados se erguía la bella cabeza, ante cuyo retrato un fisonomista
técnico interpretó así: “Tipo predominantemente intelectual por la verticalidad y amplitud de la frente; pero tipo
también de tendencia a la acción, según lo indican las dimensiones del eje binocular y el vigoroso modelado de la
nariz”.

Tal fue en efecto Mariano Ospina.  Espíritu culto, ingeniero graduado, gran lector de obras serias lo mismo en
castellano que en francés y en inglés, poeta en sus horas de dicha y dolor, escritor modelo en el género epistolar,
fue al mismo tiempo impulsado por su naturaleza a las labores del campo y a la vida militar, tomadas con una
intensidad que era como el desbordamiento de una presión interior.  En las dos vidas era incansable: indicio de su
resistencia temperamental.

***
Su consistencia psicológica le daba una gran sencillez de conducta y de afecciones.  Amantísimo de su familia y
cariñoso amigo, era todo lo contrario de un calculador.

Esa sensillez y vigor de sentimientos, en un carácter avezado a exponer frecuentemente su vida en los campos de
batalla, le hacían muy poco recordador y contemplativo de sí mismo, hasta el punto que le molestaba el que se
preocuparan de su persona.  Por lo mismo era más fuerte en la etnrega de sí propio a una causa grande.

A un noble amigo de la familia, Jorge León Ortiz, quien le había pedido algunas memorias sobre su vida militar, le
escribía con cierto escepticismo muy suyo repecto de aprecio humano: “De lo que hice apenas guardo memoria;
imagino que fue bastante, y constancia de ello ha de haber en el Ministerio de Guerra, en los archivos del Estado
Mayor de la Guerrilla de Guasca y del Ejército del Norte, en los archivos de las otras fuerzas que mandé, en los
boletines oficiales, etc.; en la memoria de “Nadie” (Carta de octubre 8 de 1925).

La vida de la ciudad le era tediosa y siempre sintió un gran atractivo hacia la viviente actividad del campo, que en
la ciudad compensaba con el cariño por las flores.  Apasionado por los caballos, fue gran jinete desde su más
tierna niñez, cuando en uno de sus cumpleaños infantiles, perdió el habla por la emoción de recibir el regalo de un
lindo caballito totalmente aperado.  Muchos años más tarde, a los cincuenta y tres de su edad, con la rodilla
herida, que nunca recobró del todo su antigua firmeza, escribía a su hija Carlota (febrero 15 de 1907): “Si
cambiare de trabajo, cuando me falten las aptitudes para la vida activa, el gusto, el vigor, etc., me haré viejo
dormilón; pero lo que es por ahora no cedo mi puesto.  Y te digo, qué bueno habría de ser quien me sustituyera,
pues pocos hay iguales hígados.  Para que sepas, el sábado en San Antonio, la mula retinta que corcovea muy
duro, se encaprichó en tumbarme, y ni siquiera me torció en la silla: todavía sirvo”...... Excelente enlazador, rendía
a los mejores vaqueros, ya fueran orejones de la Sabana o remontadores de Casanare, y un recio
norteamericano, Mr. Ladan, con quien viajó en largas exploraciones por los Llanos, se admiraba de que “el
genegal Ospina Chapago nunca dice: estoy cansado”.

Sólo se preocupaba de un mesurado aliño en su persona, en su vestido y aun en el uniforme militar, sin duda
porque su vivo sentimiento de orgullo se hubiera sentido humillado al mirarse como maniquí.

***
Otro distintivo muy especial de su rica naturaleza fue la generosidad.  Y ante todo en la disposición de sus bienes,
pues no sólo daba su dinero o el mejor vestido a un huesped necesitado, sino que abandonaba sus posesiones y
negocios privados cuando la patria lo llamaba al servicio militar.  Por eso, después de cada época de milicia, tenía
que empezar a reconstruír su capital, para sostener y educar a su numerosa familia.

Esa generosidad se hizo célebre con los enemigos en tiempos de guerra.  Con mucha frecuencia puso en libertad
a los oficiales prisioneros, bajo la palabra de honor de que no volverían a tomar las armas.

Estando recién herido gravemente quiso visitarlo un caballero liberal.  Como la señora se excusara de no
podérselo permitir, pues los médicos habían prohibido toda clase de visitas, el caballero respondió:

– “Necesito ver al general.  Mi hijo llegó del campamento hace algunos días y me contó cómo había caído
prisionero del ejército conservador y que, al encontrarlo el general Ospina cuando lo llevaban los soldados y al
ver que lo llevaban atado y lo maltrataban, les dijo furioso:  – “Cobardes!  a un enemigo prisionero no se le trata
como a un animal!” Lo hizo desatar inmediatamente y luégo le dio libertad, con la promesa de que no volvería a
combatir.  Por eso mi hijo volvió a casa.  Yo necesito expresar al General mi profundo agradecimiento”.

Cuando volvió de la primera campaña por los llanos de San Martín nos contaba, entre otros, este episodio.  “El
geneneral Avelino Rosas había prometido una cuantiosa recompensa a quien apresara o matara a Ospina
Chaparro.  Como muchas veces él entraba al combate a caballo a la cabeza de las tropas, un día, en pleno fuego,
vio que un soldado enemigo surgió de súbito detrás de una piedra y le tendió el fusil casi por sobre ls orejas del
caballo.  Pero el ordenanza que iba junto al jefe, anduvo más listo, disparó a quemarropa sobre el agresor y lo
dejó tendido.  Y el General terminaba su relato con estas palabras que son todo una perspectiva psicológica:

– “Me dio una gran lástima.  Aquel soldadito hubiera sido feliz con al fama de haber matado al jefe conservador y
con el premio que hubiera recibido por su hazaña”.

***
Esta caballerosidad del valeroso general Ospina era bien conocida entre el ejército enemigo.  Recordemos
algunos testimonios:

Cuando, en diciembre de 1902, el ejército de Uribe Uribe pasó por Ubalá hacia la Sabana, el general Santofimio,
uno de los jefes de la invasión, se informó de que en las cercanías del pueblo estaba escondido José Mariano
Ospina, joven de 19 años, hijo de nuestro General.  Al saberlo el jefe liberal le envió un salvoconducto con una
carta en que le decía: “Un hijo del General Ospina Chaparro no tiene que temer del ejército liberal, porque
nobleza obligada”.

El segundo testimonio es el del general Mac Allister, temible guerrillero de ls montañas de San Miguel, a quien
Ospina Chaparro había derrotado varia veces.  Aquel jefe liberal, al terminar la guerra de los mil días, regaló su
espada al general conservador y cultivó su amidad.

Finalmente, hagamos aquí una alusión al famoso Manifiesto de los Veintiuno, publicado en el “Repertorio
Colombiano” en enero de 1896, y hagamos esa alusión con las palabras de un historiador liberal, don Gustavo
Arboleda, en la “Efemérides” que publicada en el “Correo del Cauca”: “La entereza republicana de su estirpe
supo heredarla el hijo de Don Pastor, general Mariano Ospina Ch., quien reside en Cali.  El, con otros veinte
(parlamentarios) conservadores, firmó hace treinta años un manifiesto, que por eso se llamó de los veintiuno,
redactado por Carlos Martínez Silva, y encamindado a pedir justicia para el liberalismo que desde 1885 se
hallaba en calidad de vencido.  En ese célebre documento puede hallarse la génesis de la cordialidad política de
que al fin disfruta la República”. (Correo del Cauca, Cali, marzo 10 de 1926).

Por los breves datos anteriores se comprende que el carácter de Ospina Chaparro era de un temple
caballeresco, muy en armonía con los rasgos de un miliar.  Pero el rasgo que más lo caracterizaba como tal era el
valor.  El era de esos recios temperamentos que gustan la palpitante emoción de afrontar el peligro, y que cuando
a ello lo impulsa un motivo superior, acometen el peligro con un fervor exultante: ese es el noble entusiasmo militar.

Antes de recordar hechos de guerra, mencionemos un suceso interesante que debería consignarse en los anales
de la telepatía que que vamos a contar por eso con algún detalle.  Cuando Mariano Ospina bajó a Ubalá en
1878, a explotar su hacienda de Guarumal, le acompañó algún tiempo en sus trabajos Francisco Ospina, alias
Pacho Charrasca, pariente lejano y antiguo conmilitón en la guerrilla de Guasca, valentón y jinete formidable, el
cual llevó a cabo, entre muchas otras, esta aventura: un día en la guerra del 76 entró a caballo solo a Bogotá y
pasando por delante del cuartel enemigo de San Agustín, en el momento en que el corneta daba el toque de
queda, Pacho Charrasca lo arrebató con instrumento y todo y picando su caballo a galope tendido, se presentó
en el campamento de la guerrilla con el corneta del enemigo.

Pacho Charrasca, después de haber trabajado algún tiempo en Guarumal con Mariano, se despidió de su amigo
y volvió a su tierra.  Un domingo de 1882, Mariano Ospina, después de pasar el día en la población, montó en la
briosa yegua que montaba antaño Pacho Charrasca y se dirigió a Guarumal, distante unas tres leguas y cuyo
camino atraviesa el río Chivor, peligroso, allí como en todas partes, por las grandes piedras del vado.  Por eso en
aquel sitio los jinetes solían desmontarse, echaban solas las cabalguras y pasando ellos por un puentecillo de dos
vigas, no mucho más seguro, recogían las bestias en la otra orilla.

Aquella tarde, cuando Mariano llegó al vado, estaba empezando a oscurecer.  En el momento de echar pie a
tierra, vio de repente junto a sí a Pacho Charrasca, montado como antaño en la yegua castaña.... como la suya.  
Pero lo más extraño fué que con la aparición repentina la yegua de Mariano se espantó y, sin dejarlo desmontar,
partió despedida, atravesó en cuatro saltos el río y emprendió por la cuesta una carrera loca, huyendo del otro
jineteque los seguía, y corrió más de un kilómetro hasta la casa de la hacienda, a donde llegó desalada, cruzó el
patio y empujó con la frente la puerta de la alcoba en que estaba la señora.  Esta, sobresaltada, fue al ecuentro de
su marido y le preguntó qué había pasado.  El, pálido, pero sonriente, le respondió:

–“Nada! que se me apareció de repente en la otra orilla del río Pacho Charrasca, y mi yegua se asustó y salió
desbocada sin que pudiera yo contenerla hasta aquí!”

Mariano Ospina, poco medroso para los espantos, al otro día, cuando empezaba a oscurecer, montó otra vez en
su yegua castaña, bajó solo, hasta la otra orilla del río y repitió la maniobra del día anterior, para ver qué
pasaba.... Pero esta vez no pasó nada.

Sinembargo, al tercer día llegó a Guarumal la noticia de que Pacho Charrasca, cabalgando por Tierra Negra,
entre Guasca y la Calera, había sido asesinado en el mismo día y la misma hora de su aparición en el vado del
Chivor, a unos cien kilómetros de distancia....

***
Uno de los primeros combates en que tomó parte Ospina Chaparro fue el de La Calleja, a unos seis kilómetros
del Puente del Común, en dirección sur.  El 19 de agosto de 1876 un incipiente escuadrón de la gurrilla de
Guasca, comandado por el general Manuel Briceño, atacó en aquel sitio a un convoy de 250 hombres, que
conducía de Zipaquirá a la capital un contingente de 1.200 reclutas.  Mariano Ospina, entonces de veintiún años,
entró en la refriega en compañía de su hermano mayor el coronel Sebastián Ospina.  Como cayera muerto el
caballo de Sebastián, Mariano, con la impavidez que le acompañó siempre, se apeó en medio del fuego, tomó la
montura del caballo muerto, la echó sobre su propia montura, hizo montar sobre las dos a su hermano, y luégo
regresaron del combate los dos hermanos sobre las dos monturas en un solo caballo.  Eran de buen humor
aquellos valientes!

Veinticuatro años más tarde, en la “Guerra de los mil días”, el 24 de julio de 1900, atacaba Ospina Chaparro las
fuertes posiciones de los guerrilleros en Sibaté, defendidas por tres series de trincheras que dominaban las
vertientes sobre la Sabana.  Tomada por las fuerzas conservadoras la primera trinchera, había un paso forzado
hacia la segunda en que numerosos soldados asaltantes iban cayendo sucesivamente.  La vista del peligro detuvo
un momento a un grupo que iba a entrar en la angostura, temerosos de correr la suerte de sus compañeros.  El
general Ospina que dirigía la acción en un buen caballo de combate (el noble Coquito, castaño, brioso y fuerte)
se dirigió a los temerosos con este grito:

– “Adelante, cobardes, que esas balas no matan!” Y lanzó el caballo por el desfiladero.  Los soldados, que
sentían por su jefe profunda admiración y cariño, le siguieron con ardor, asaltaron la segunda trinchera y
desalojaron al enemigo.  Pero las balas aquellas eran verdaderas.  Desde que entró el general en el estrecho
paso, dos balas habían alcanzado al caballo en la cara y una había destrozado la rodilla izquierda del jinete.  Este
disimuló hasta el fin del asalto, y entonces dijo reservadamente a su segundo, el general Angel Córdova:

– “General, me han herido y esta pierna va sangrando mucho.  Yo me retiro sin que lo adviertan los muchachos.  
Siga dirigiendo la acción y tomen la tercera trinchera”.

El valiente general Córdova cumplió con brillantez la orden del primer Jefe, y aquel día la bandera blanca y azul
flotó sobre la última cumbre de la montaña.

A la media noche de aquella jornada, el general Ospina era transportado en una camilla a su casa en Chapinero,
desde el tren expreso que lo trajo de Sibaté.  La herida era muy grave, pero no impidió que el herido descendiera
por sí mismo de la camilla y en un solo pie se dirigiera a su lecho, donde con gran sencillez hizo a los suyos la
narración de su caso, que terminó con estas palabras:

– “Dios castigó mi orgullo, pero me protegió al mismo tiempo, porque aquellas balas por muy poco no fueron de
las que matan”.

***
Paul Bourget tiene esta observación certera entre tántas otras: “Los hombres de guerra, los marinos, los
exploradores, todos los que viven en peligro, se señalan por este rasgo común: el riesgo los adiestra en la
inhibciones súbitas de la violencia interior” (Némesis, 103).  Ospina Chaparro como muy valiente era muy
impetuoso; pero el conocimiento de la estrategia y la responsabilidad militar le dio esa capacidad de dominio
propio que formó en él al gran jefe, es decir, al conductor de hombres en quien la prudencia y el empuje se
equilibran.  Esa fue sin duda la causa de sus numerosísimos triunfos.  Al preguntarle un día cómo era posible que
en tántas batallas hubieran sido tan escasas sus derrotas, nos respondió:

– “Porque, una vez bien estudiado el plan de combate, hay que entrar en él fulminantemente, sin otro objetivo que
triunfar”.

Más tarde encontré que ese principio coincidía con el que profesaba el mariscal Foch y con el cual alcanzó el
triunfo final en la guerra europea el año 1918: “Hay que entrar en la batalla excluyendo la hipotésis de la derrota”.

En la campaña que desarrolló Ospina en los primeros meses de 1900 por los Llanos de San Martín y el Tolima
contra las fuerzas de Avelino Rosas, el estratega conservador atacó a su adversario en reocorrido de más de
quinientos kilómetros y en más de cien combates, sin cederle un palmo de terreno, sin desandar un paso, sin darle
un instante de tregua, hasta el punto de sorprenderlo a veces de repente y obligarlo a dejar en el sitio mismo los
platos servidos y emprender la fuga.

Infatigable en el trabajo como en la milicia, quería que en nuestra vida la energía fuera el objetivo natural de la
prudencia.  Por eso solía decir: “Más vale ponerse una vez pálido que muchas veces colorado”, y como se
comprende, su idea era esta: más vale actuar una vez con el esfuerzo de la energía que avergonzarse después
muchas veces de no haber sido enérgico.

Al trazar, aun sintéticamente, el perfil psicológico de Mariano Ospina Chaparro, no se puede omitir un rasgo
decisivo en su carácter: la religiosidad.

Esta nota, fundamental en toda alma grande,se se le trasfundió por la misteriosa realidad psico-fisiológica de la
herencia, de una herencia talvez más que milenaria.  La religiosidad católica fue típica en la antiquísima familia de
los Martínez de Ospina; pero esa virtud se acendró, como el oro en el crisol, por una vida de grandes y
dolorosos sucesos en el alma de don Pastor y de doña Carlota, padres de don Mariano.  La vida tan pura,
heroica y cristiana de su hermano mayor, Sebastián, dejó también en el alma del menor una profunda huella.

Su vida de cristiano y militar se sintetiza en el viejo lema de su partido, que en otros inspiró tántos heroísmos y en
él fue la clave de su valor, de su acción y de su tencacidad: Dios, Patria y Libertad.

Su concepto mismo de la vida era religioso; era la épica expresión bíblica, tan de acuerdo con su carácter: Militia
est vita hominis super terram (Job, VII, 1).  Idea que él expresó muchas veces en sus bellas cartas, como en una
a su hija mayor: “La vida es una serie de sacrificios y, cuando de buen grado se hacen ellos, traen la satisfacción
del deber cumplido, el orgullo de la propia fuerza, el enaltecimiento de úno ante sí mismo, y después......  No
quiro dejar de trabajar.  Ningún hombre lo hace sin sustraerse a la ley divina: el trabajo no es un mal es una
prueba que lleva en sí satisfacciones de varios géneros y esperanzas de recompensas en las dos vidas.  Para mí
sería un verdadero martirio la vida sin qué hacer”. (Febrero 15, 1907).

Es cosa curiosa que el respeto humano, pobre efecto de ingnorancia y cobardía, afecte tántas veces a los
militares, profesionales del valor.  Ospina Chaparro no conoció el respeto humano, parte porque era consciente
de su catolicismo, y parte por independencia de carácter que con un gesto despectivo alejala más miserable de
las derrotas.

Nos parece verlo por la noche en la sala de su hogar, erguido de pie (porque la rodilla herida ya se lo impuso
siempre), dirigiendo el rezo del rosario a que asistía toda la familia, grandes y chicos.  O lo vemos otras tantas
veces, cuando en los largos viajes por las llanuras, mientras los caballos trochaban tranquilos a compás, él
encabezaba el himno incansable de las Ave-marías, que iban tejiendo en las alturas una corona de rosas a la
Santísima Madre de Dios, y que él cerraba, como con una fíbula de oro, con una última invocación en inglés,
recuerdo de sus prácticas juveniles: Sweet Heart of Mary, be our salvation!

En los últmos años tenía diririamente largas lecturas de ascética, muy practicables y conformes con austeridad
militar, y diariamente también, bajo lluvias o heladas, iba a la iglesia próxima para asistir a la santa misa y recibir la
sagrada Comunión.

Baralt escribió, haciéndose eco de la máxima de Tomás de Kempis:

      ........ el alma se contrista
      pensando en esta vida transitoria.
      Qué es el hombre? Ay de mi! Frágil artista!....
      “Quitando de la vista,
      pronto se va también de la memoria!”

              Ultra I

En los brillantes de sus victorias las gentes se apretaban en las calles para conocer a Ospina Chaparro y gritar
Vivas! al vencedor.  En los postreros años de su larga vida, envueltos por orgullo y sencillez en la discreta
penumbra de su retraimiento, casi nadie, fuéra de los suyos, sabía quién era aquel anciano silencioso, de cabeza
nevada, de andar firme y tranquilo, que con su bastón en la mano hacía su jira verpertina por algunas calles de la
capital.  El nada esperaba del mundo y nada le pedía.  En cambio esperaba con una gran paz el momento en que
Dios lo llamara, para cuadrarse militarmente como antaño, y responder: Presente!

“Es dulce y glorioso morir por la patria!”, dijo el poeta latino.  Per es más dulce, y sobre todo mucho más
glorioso vivir larga y generosamente para la Patria y para Dios.
Mariano Ospina Chaparro, 1854 - 1942

Por: E.O. Bernal

Reproducido en el libro:  Tres presidentes de Colombia y semblanzas de personajes de la familia Ospina, por
Juan Antonio Pardo Ospina, 1946.  Editorial Santafé, Bogotá, Colombia