Eleázar Ospina Gomez
Industrial. Hijo de José María Ospina y Sinforosa Gómez. Nació en Medellín (Antioquia – Colombia), el 24
de diciembre de 1863 y murió el 29 de octubre de 1926.

Sus estudios fueron escasos y elementales. Solo pudo asistir a una escuelita que dirigía la maestra Brígida. A
los once años de edad un niño todavía, tuvo que enfrentarse a la vida por la muerte de su padre, para atender
a la subsistencia de su madre y de sus hermanos menores “Bien claramente se ve —dice uno de sus
comentaristas— que el cultivo intelectual de Ospina fue muy deficiente, mas su despejada inteligencia y la
clara comprensión de las cosas suplió en mucho la escasez de conocimientos adquiridos en las aulas
escolares”.

“En el taller de carpintería de don Rafael Isaza entró como aprendiz y, claro está, como muchacho de
mandados. Ignoramos cuánto tiempo estaría allí, pero la Providencia, que sabe encauzar todas las cosas para
ulteriores fines, dispuso que dejando el aprendizaje de la carpintería aprendiera el de la albañilería...

Pero sus facultades y actividades habían de despertarse en otro arte, en el que llegó a sobresalir grandemente:
la fundición. Fue su primer maestro don Gregorio Tabares, con quien aprendió toda clase de obra pequeña, y
luego pasó a los talleres que en grande tenía establecidos en el Puente de Arco don Emilio Roynel, súbdito
francés. Allí, fuera de estribos, olletas o chocolateros y otros artefactos de menor cuantía, se especializó en la
construcción de pailas, fondos para estancias de caña, y campanas, llegando a ser el brazo derecho del citado
don Emilio Roynel.

“Tan cierto es lo que dejamos dicho, que en una de las frecuentes guerras civiles que azotaban al país en
épocas anteriores, Eleázar y su hermano Rubén fueron reclutados como soldados, y don Emilio no cejó en su
empeño hasta sacarlos del cuartel y esconderlos en su taller mientras duró la guerra. A Eleázar le gustaba la
carrera militar y era valiente; si no la siguió, fue únicamente para no abandonar a su querida madre…

En Gerona, barrio situado al sureste de la ciudad, consiguió un terreno a crédito y en él, con los
conocimientos adquiridos en la albañilería, construyó por su propia mano una casa y en ella una ramada en
donde trabajaba fundición, muchas veces hasta la una de la madrugada. Allí cristalizó la idea de trabajar
independientemente o por su propia cuenta, y el éxito coronó sus esfuerzos, toda vez que llegó a ser dueño de
una manzana en el barrio citado.

También por sí mismo hizo en ella una casa para su madre y su hermana Deyanira cuando quedó viuda y con
tres hijos. Desempeñaba su oficio con tal perfección y tan a conciencia, con tal noción de su hombría de bien,
que no hubo iglesia de las existentes por entonces que no tuviese una campana fabricada por él.

Por contrato hizo una para la catedral de Antioquia, la que, por su sonoridad y capacidad es de lo mejor que
se conoce; se deja oír perfectamente desde el Puente del Occidente, obra gigantesca que inmortalizó al
ingeniero don José María Villa. La susodicha campana, que fue una obra de arte acabado, causó una gran
pérdida monetaria a su constructor, puesto que tenía el compromiso de dejarla instalada es la torre de la
catedral y hacerla llevar por un mal camino de herradura, compromiso cuyo costo pecuniario no previó
anticipadamente.

“Cuando Eleazar construyó en su propiedad de Gerona una ramada cerca de a la casa para trabajar por su
cuenta en las horas que le dejaba libre el taller, en donde, en compañía de sus hijos Antonio, Francisco e
Ignacio, se ejecutaban trabajos de herrería, mecánica y fundición, del lado sur de la construcción hizo una
casa, si pequeña, cómoda e higiénica, en donde vivió 12 años con su familia.

Estaba dado el primer paso en la soñada vía del trabajo independiente, y era necesario que una circunstancia
especial marcara rumbo dichoso y definitivo al nuevo taller. En el año de 1.922 un pavoroso incendio, de las
mayores proyecciones que haya contemplado Medellín, destruyó totalmente el costado occidental del Parque
de Berrío y se extendió a casi todas las manzanas adyacentes; en ellas’ existían grandes almacenes de
ferretería, en donde, entre la variedad de artículos, se comerciaba con camas y catres de factura extranjera.

Los propietarios recurrieron al nuevo establecimiento para la reparación de los catres que habían sufrido con
el incendio. Estas fueron de diversa naturaleza y en cantidades de mucha consideración, y de este hecho
horrible para la ciudad, surgió en el cerebro de Eleázar la idea luminosa de nacionalizar esta industria
construyendo es el país camas metálicas.

“Fue entonces cuando se mandó a Francisco Ospina a los Estados Unidos a especializarse en la fabricación
de camas de acero. Los mismos propietarios del ya ensanchando taller, dicen: “Este paso fue la confirmación
de nuestra industria. Con el ánimo de acertar, y no lanzarnos a la ventura, se hizo una discriminación
cuidadosa analizando todos los factores de la producción y la combinación que con ellos podría verificarse
para obtener artículos de primera calidad, dándole un verdadero desarrollo económico a la empresa,
estudiando detenidamente los principios administrativos que son la base de toda organización industrial, hasta
obtener, en el transcurso de pocos años, uno de los mayores éxitos industriales que se registran en la historia
del país”...

Qué bello ejemplo para la humanidad dejó Eleázar Ospina Gómez al elevarse de humilde trabajador por
jornal a empresario connotado; qué bien demostró su civismo al nacionalizar una Empresa que hasta entonces
hacía exportar grandes cantidades de oro para el exterior; un grande hombre y una gran obra sería el título
inevitable de quien pretendiese escribir sobre los ricos matices filosóficos de la historia de Eleázar”.

En el año de 1.926, la Comisión de Asuntos Sociales de Medellín, adjudicó a don Eleázar Ospina Gómez la
Medalla del Trabajo, galardón tan elevado y significativo que por sí sólo honrará la vida de un hombre.

Murió como mueren los justos. Los periódicos de la ciudad hicieron el elogio del eximio ciudadano. He aquí
frases admirables y consagratorias de un órgano de la prensa medellinense:

“Don Eleázar Ospina constituía un verdadero símbolo de probidad. Era un ejemplo viviente de lo que pueden
la constancia y la energía. Toda su vida fue un himno al trabajo y un culto a su Creador. De ahí que su muerte,
apacible y tranquila, haya sido un digno término de esa existencia meritoria. Por su propio esfuerzo realizó
para la Patria obra grande, pues después de formarse venciendo todos los obstáculos imaginables, formó a
sus hijos, colocándolos en ventajosa situación intelectual para servir los más grandes ideales, DIOS Y
PATRIA. Por eso la Comisión de Asuntos Sociales colocó en su pecho noble, el 26 de noviembre de 1.926
la Medalla del Trabajo, consagrándolo como modelo de ciudadanos; y desde esa ocasión, aquel que había
vivido inclinado sobre el yunque, ignorado de muchos, vino a ser un verdadero faro a donde los más miraban
para orientarse en sus luchas por la vida. El faro se ha apagado, pero ha dejado una luminosa huella
conductora”.