Celmira Ospina
Tras la huella de: Celmira Ospina de Henao: Una buena madre es lo mas grande

por: Cronica en Domingo, 31 Julio, 2005 - 12:00

Una dama quindiana, aunque nacida en Manzanares, Caldas, resalta el amor que profesa  por estas tierras donde
sembró sus esperanzas, donde vio nacer a sus cinco hijos.

Habla de la joven Armenia que conoció y de la  hermosa urbe que hoy contemplan sus ojos.   Rezagados en el
tiempo quedaron los días cuando de la mano de Evelio Henao Gallego, recorrió las calles de la ‘Ciudad Milagro’, lo
que siente hoy más cercano aquel tierno y gran amor.

   Oliver Gómez Solarte

Mañana iluminada en Manzanares, el cantar de los  pájaros era más especial y en la casa de Luisa  Marulanda
Escobar y del profesor Enrique Ospina se escuchó a un niño llorar, pero no era Gustavo, Ernesto, Guillermo, o
Teresita, sus hijos, que después de sus constantes travesuras hubieran derramado unas cuantas lágrimas. El llanto era
especial, era de esos que anuncian el comienzo de una nueva vida.

Llegó su quinto retoño, a ese pequeño bebé ya le tenían un nombre designado, desde ese día en su casa habría un
lugar privilegiado para la pequeña Celmira. Después vendrían Alicia, Ana Luisa, Enrique, Julio, Pedro Nel y Ariel, el
menor. Esa era la corte completa, la que hoy con el cabello cano, pero con el candor intacto que dejan ver las
fotografías en blanco y negro que adornan su casa, recuerda con un cariño tan grande como el mismo amor.

Abrió la puerta de su casa, y también abrió su corazón, y sonrió porque simplemente vive feliz. Como lo ha hecho
desde su infancia, la que vivió con alegría, días en los que fue reina de carnavales y de los que guarda con cariño los
recuerdos de sus primeros novios que la encantaron con un verso o una poesía.

Pero desde que un abogado, recién desempacado, llegó al pueblo, para ella comenzaría una nueva historia, su vida se
partiría en dos. Un joven manizalita llamado Evelio Henao Gallego arribó a la población con saco y corbata, hace
poco había terminado sus años de derecho y tenía que hacer su año rural.

Ella lo miró y descubrió lo que podría encontrar en la ciudad, y el la miró y se convenció de las maravillas que
encierra el mundo del campo. Y así entre litigios y el rumor de la lluvia, entre leyes y un colorido arco iris nació ese
gran amor. Después de cinco meses de noviazgo, todo estaba decidido. Celmira dijo sí, y una argolla sagrada se
posó en su mano.

Evelio era abogado, pero ante todo era visionario, inquieto, con proyección. “Nos vamos para Armenia”, le dijo un
día, y a las pocas horas ya estaban montados en ‘cable’ para ir hasta Manizales y de ahí a Armenia. Se elevaron
entre las montañas y después de unas cuantas horas en vehículo vieron ante sí la ‘Ciudad Milagro’.

Su esposo había aceptado la invitación de uno de sus amigos para explorar nuevas oportunidades en ese municipio
caldense, ahora quindiano. Llegaron cual extranjeros a un hotel, donde estuvieron por espacio de dos meses hasta
que optaron por trasladarse una casa en el sector de la Pola. En ese, su hogar nacería su primera hija. Dora llegó al
mundo como una pequeña cuyabrita. Y lloró de una manera especial, anunciando el comienzo de una nueva vida.

La pequeña dio sus primeros pasos en tierras cafeteras, pero pronto pisaría otros contornos. Algún tiempo después
se trasladaron a vivir al bello puerto de Buenaventura, donde Evelio trabajaría en la aduana por dos años. Después
de ese periodo retornaron a Armenia,

Ya Henao Gallego era todo un personaje y junto con su esposa eran invitados especiales a todas las reuniones
importantes que tenían como sede los clubes de la ciudad. Ella era el motor que lo inspiraba, al gran político, al
hombre que fue contralor en Caldas y que luchó de la mano de varias personalidades para la creación del
departamento del Quindío.

Celmira dedicaba sus horas a apoyar a su esposo y a ver como crecía ese gran amor, sentimiento gracias al que
nacieron Gilma, Luisa, Evelio y Jorge Iván, los que vinieron a acompañar la pequeña Dora.

Ellos crecieron en una ciudad bella y que ahora está cada día mejor. Vivieron un tiempo por los lados del teatro
Bolívar, y después en una casa en el norte de Armenia, propiedad que decidieron vender después de la muerte de su
padre.

Doña Celmira lo recuerda con gran amor, resalta que siempre les inculcó a sus hijos la devoción por el estudio y ante
todo por la honradez, la que él defendió por años cuando hizo parte del concejo municipal, en los días en que las
labores eran ad honoren, por servicio a la comunidad.

Hoy Celmira de Henao vive feliz, y al igual que ayer le encanta la música y nadar. Escucha vallenato y los boleros.
Entre el sonoro ‘Hay hombe’ y el romántico ‘Sin ti’ evoca sus fiestas en los clubes, las divertidas empanadas
bailables de cada domingo, y sus paseos a caballo en Manzanares, pueblo en el que asegura ya no tener familiares.

Sonríe al lado de sus 19 nietos, disfruta de los paseos a las casas de sus hijos, recuerda amigos como Helio Martínez,
Matías Gómez, Josué Moreno y vive feliz, hoy a sus 84 años, porque fue el 2 de julio de 1921 el día que en
Manzanares el cantar de los pájaros fue más sonoro y más especial.