Sebastian Ospina
Chaparro
General Sebastián Ospina Chaparro, 1846-1877

Por: E. O. Bernal

Reproducido en el libro:  Tres presidentes de Colombia y semblanzas de personajes de la familia Ospina, por
Juan Antonio Pardo Ospina, 1946.  Editorial Santafé, Bogotá, Colombia
La vida de Sebastián Ospina fue un ejemplo conmovedor de la distincción de un espíritu elevado, aun en medio
de turbulentas pasiones políticas, y una muestra de la pérdidas irreparables que han acarreado a Colombia
nuestras guerras civiles.

Hijo del doctor Pastor Ospina Rodríguez, nació en Bogotá el 25 de febrero de 1846, donde hizo sus primeros
estudios .  Cuando los Jesuítas abrieron el Colegio de San Bartolomé, en 1860, Sebastián fue de los fundadores
del nuevo plantel con otro lucido grupo de condiscípulos, como Miguel Antonio Caro, Bernardo Herrera
Restrepo, Diego Fallon, Carlos Martínez Silva; pero sus labores estudiantiles fueron interrumpidas por el
decreto de expulsión de los Jesuítas, cuando el general Mosquera, en julio de 1861, tomó a Bogotá y derrocó al
Gobierno de la Confederación Granadina.

I. – En el destierro

Algunos días después de su triunfo, el dictador capturó a Marion Ospina y a su hermano Pastor, quienes de
palabra y por escrito habían luchado tánto contra la revolución.  El jefe liberal los condenó a muerte, pena que a
ruego de algunos diplomáticos les conmutó por la cárcel perpetua en los calabozos de Bocachica, en Cartagena.

Sebastián, entonces de quince años, logró con la dificultad que se deja entender, un pasaporte del propio
Mosquera y, preso voluntario, acompañó a su padre en un penosísimo viaje de cuarenta días desde Bogotá a
Bocachica.  “Allí, escribía él algún tiempo después, permanecí encerrado por unos días más.  El 2 de septiembre
me separaron del lado de aquellos hombres que quedaron allí enfermos, cargados de cadenas......  Allí, con el
ejemplo de aquellos hombres que ví serenos y contentos soportar tántas persecuciones, aprendí a odiar la tiranía
y a no temer a los tiranos en defensa del derecho y de la libertad”.

Con ayuda de de buenos amigos fue posible a don Pastor, preso aún, enviar a su hijo a los Estados Unidos,
donde pudo continuar sus estudios en el Colegio de los Jesuítas de Georgetown, más tarde convertido en
Universidad.  “Este Colegio es muy bueno, escribía Sebastián a su padre el 27 de marzo de 1862, pero tiene
grandes dificultades para mis estudios si he de hacerlos como usted y yo deseamos”.  Allí puso el fundamento de
sus estudios predilectos, cuyo fruto ulterior fueron varias obras que dejó inéditas sobre matemáticas, ciencias
naturales, agricultura y geografía.

Durante su permanencia en los Estados Unidos le tocó presenciar la guerra de secesión, de la cual escribía más
tarde: “Admiré entonces ese pueblo que, salvando la Unión, ha podido salvar casi ilesas las instituciones, los
principios y las costumbres que habían hecho grande y poderoso”.  Y fruto de sus reflexiones y estudios sobre la
guerra en general, sobre la guerra en los Estados Unidos y sobre las rudimentarias guerras de Sur-América fue
un tratado sobre el arte militar, que llevaba muy adelantado, cuando hubo de interrumpirlo para entrar en la
guerra misma.

***
El doctor Pastor Ospina con don Mariano, don Bartolomé Calvo y otros compañeros, llevó a cabo una fuga
dramática de su prisión de Cartagena y llegó a Nueva York en 1863, y el 14 de mayo de ese año se embarca
Sebastián, rumbo a Guatemala, donde pensaba instalar trabajos agrícolas, en espera de volver más tarde a
Colombia.

Don Pastor había escogido un lugar baldío, junto a río Motagua, en las cercanías de la mísera aldea de Gualán, a
catorce leguas de Izabal, puerto sobre el golfo de Honduras.  Era un paraje de clima tropical, ardiente y
malsano.  Sebastián, en compañía de su padre, lejos de su patria y de su familia que había quedado en Bogotá,
consumió en aquel sitio inculto la flor de su juventud, de los diecisiete a los veintiún años.  Pero aquellos fueron
años fecundos, para formar por el trabajo agobiador la energía indomable de su voluntad y por la reflexión y el
estudio el vigor y el método de su inteligencia.  Fruto de esta reflexión y estudio fueron sus escritos técnicos
sobre la agricultura intertropical y en especial sobre el cultivo del café y del algodón.  Pero su espíritu
observador y analítico escribió también sobre sus fracasos industriales, páginas de un penetración y un
dramatismo que recuerdan las de Caldas y Humboldt.

Después de cuatro años de trabajo a brazo partido en medio de gentes sin cultura y sin moral en los contratos,
Sebastián vino a Bogotá en 1867, para llevar a su familia, que se estableció por dos años en Guatemala la
Antigua y después en la Nueva Guatemala.  En las dos ciudades establecieron padre e hijo un colegio científico
e industrial, y entonces empezó Sebastián la redacción de dos obras didáctidas sobre aritmética industrial y
geografía.  De ésta dice uno de sus biógrafos: “Las lecciones que sobre geografía dejó escritas no tienen rival
entre los textos que conocemos, especialmente en lo relativo a América del Sur”.

Sinembargo, a pesar de la consgración de los dos desterrados a las labores pedagógicas, el éxito no coronó sus
esfuerzos y hubieron de cerrar el colegio a los cuatro años.

En 1871 el gobierno oligárquico de Serna que dominaba a Guatemala, cayó por su propio desprestigio y por las
armas de la revolución liberal, que levantó como bandera un programa de reforma y moralización nacional.  Para
los Ospinas aquellas promesas eran tanto más interesantes cuanto que entonces ya pensaban establecerse
definitivamente en Guatemala y hacer de ella su segunda patria.  Fundaron un periódico que llamaron La
República, como órgano de la opinión popular y de orientación para un gobierno bastante destituído de ideas
precisas y de medios eficientes para llevara la práctica su flamante programa.  En el número primero del
periódico publicaron, bajo el título “Nuestras aspiraciones”, una brillante síntesis de la democracia que ofrece a
todos los ciudadanos justicia, libertad y seguridad.  La entereza con que escribían no fue del agrado del
gobierno que tenía propósitos muy diversos.  Cuando suprimió los colegios de los Jesuítas, los Ospina
censuraron esa conducta antidemocrática y anticristiana; pero eso mismo suscitaron contra sí una campaña
adversa hasta la persecución, que los hizo tomar la resolución de salir del país y volver a Colombia.  Don
Mariano salió aquel mismo año para su patria.

Don Pastor manifestó su propósito de seguirlo pronto para ir a fundar en Bogotá un colegio, cuando terminara
de cumplir compromisos ineludibles contraídos en Guatemala.  En ardua laboar permaneció todavía algún
tiempo hasta que una grave enfermedad lo llevó a la tumba el 10 de marzo de 1873.

II. – En la patria

Para cumplir la última voluntad de su padre, Sebastián salió con su familia en dirección a su patria y llegó a
Bogotá el 30 de septiembre.  Al llegar se puso frente del colegio que funcionaba desde principio del año escolar.

Antes de su prisión y su destierro don Pastor era dueño de grandes propiedades.  Suya era la extensa hacienda
de Patasía, en el término de Pacho, y suyas varias dilatadas posesiones en Guasca y Ubalá, población que él
fundó en 1846 en sus propias tierras.   Pero para satisfacer a viarias obligaciones, la familia había tenido que
malvender casi todos esos bienes y aun así no se habían podido cubrir todas las deudas.  Cuando Sebastián
Ospina se cuenta de que ni los ingresos del colegio, ni su elección de diputado a la Asamblea de Cundinamarca,
ni el cargo de Rector de la Universidad de Antioquia, que le fueron ofrecidos, eran medios a propósito para
cubrir el déficit que dejaba la mortuoria de su padre, aquel joven de admirable conciencia reunió a sus
acreedores y les comunicó que renunciaba a todo, para poder consagrarse únicamente a un trabajo que pudiera
en plazo razonable, satisfacer hasta el menor de sus compromisos.

De la rica fortuna de su padre no le quedaba más que una bella y fértil posesión, llamada Guarumal, a orillas del
Guavio, en el municipio de Ubalá.  Hacia Guarumal se dirigió Sebastián en 1875, sacrificando sus inclinaciones
científicas, para dedicarse a prácticas técnicas de ganadería y agricultura, a find de lograr cancelar las deudas de
su padre.

En aquel rincón montañés de salvaje apariencia empezó a trabajar sin tregua.  Vivía como un monje medieval en
una casita pulcra y risueña, dibujada y construída por él mismo.  El día era para las faenas cmapestres; sus
últimas horas, para los estudios científicos.  Su pequeña biblioteca, en que predominanban las obras de historia,
ciecias y lenguas, estaban presididas por la Biblia y por un ejemplar de la Imitación de Cristo, en cuya portada
se leían estas palabras escritas de su mano: “Todos los días leo una página de este admirable libro”.

Los resultados de su actividad vinieron pronto y copiosos.  Pero a los dos años llegó hasta sus montañas, como
un clarín de guerra, la noticia de la insurrección conservadora de 1876.  Para él era una llamada ineludible:
montó en su caballo y se despidió de sus campos queridos, de sus libros, de su casita blanca y de sus risueñas
esperanzas......

III. – En la guerra

Cuando Sebastián Ospina llegó a Guasca, encontró una confusa concentración de hombres que, sin medios para
hacer la guerra, estaban resueltos a acometerla.  Allí estaban el general Alejandro Posada y el coronel Heliodoro
Ruiz, y allí estaba también el que ya había empezado a mostrar su varonil elocuencia y su talento organizador,
Manuel Briceño, joven entonces de 26 años.

Sebastián Ospina era extramadamente modesto – rasgo de familia–; pero entre aquellos hombres inteligentes y
valerosos no logró ocultar sus raros conocimientos tácticos que, unidos a su clara inteligencia, su indomable
voluntad y su ardiente corazón, anunciaban un verdadero genio militar.  Se trató de hacerlo jefe del ejército en
formación, pero él rechazó con energí ese ofrecimiento, y sólo pidió el comado del batallón formado por los
voluntarios de Guasca, por cariño al pueblo donde su padre había nacido.

Bajo su acción educativa, mezcla de energía y afectuosa eficacia, se fraguaron la disciplina, el valor y la audacia
de la tropa que se había de hacer inmortal en la historia de Colombia con el nombre de la guerrilla de Guasca y
que había empezado a dar muestras de sí, diez años antes.

***
La revolución estalló en Cundinamarca el 22 de agosto del 76, con una “Acta de pronunciamiento” que daba las
razones justificantes de aquel recurso extremo, pero deliberado.

El coronel Sebastián Ospina en una larga nota, dirigida el 30 de noviembre al comité conservador de Bogotá, en
la que demonstraba la inconveniencia de que las guerrillas de Cundinamarca avaranzaran hacia el Tolima,
escribía estas palabras, esbozo de todo un plan de campaña, que luégo prevaleció definitivamente: “........3.°
Tenerlo todo preparado, para abrir sin demora una campaña sobre el norte de la República, en caso de ser
derrotadas or rechazadas nuestras fuerzas en el Tolima, logrando con ello dos objetivos: uno, obligar al gobierno
a alejar de la frontera de Antioquia fuerzas numerosas para defender el norte, y otro, formar con todas las
guerrillas de Cundinamarca, Boyacá y Santander un cuerpo respetable que encontrará en fronteras naturales y
lejanas buenas bases de operaciones, y en un territorio en que el enemigo no dispone de grandes recursos, un
buen teatro para la guerra....”

Ospina volvió a rechazar el cargo de Jefe del Estado Mayor General y de Secretario de Guerra que le ofreció
insistentemente el general Alejandro Posada. “El no ambicionaba nada para sí, no exigía jamás nada, escribe
Carlos Martínez Silva; era casi siempre el peor montado, el peor equipado; los pocos recursos que conseguía
los distribuía entre sus soldados y sus amigos; jamás rehuía el cuerpo a ningún servicio por penoso que fuera, y
siempre se le veía jovial y chancero.  Su conducta privada fue constantemente de una pureza intachable, y tan
estricto era en este particular, que no sólo no decía, pero ni aun siquiera permitía en us presencia una palabra
descompuesta.  Sabio y prudente en el consejo, arrojado como nadie en la pelea, modesto y caballeroso en
todo, era el modelo y el ídolo del ejército”. (Biografía de Sebastián Ospina, en las Obras completas, tomo VI,
p. 162).

***
Según el plan esbozado en la nota citada más arriba y después de celébres hazañas sobre Bogotá, la guerrilla de
Guasca, a las órdenes de Sebastián Ospina, tomó la dirección de Boyacá y Santander, y con otros batallones
que le reunieron, formó el Ejército del Norte, comandado en jefe por el general Posada.  Pero aquel ejército
estaba escasísimo de provisiones de boca y guerra y, después de varias acciones militares, que no mejoraron
sus recursos, llegó el 27 de enero de 1877 al campo de La Donjuana.

La posición disputada en aquella reñida batalla fue una reducida meseta sobre el cerro del Naranjal, posición
dominante a donde se dirigieron a un tiempo el ejército del gobierno y los batallones Guaca, Libres y otros, con
esta orden expresa del general en jefe: “Atacarán ustedes al enemigo tan pronto como lo tengan cerca,
cualquiera que sea su número, cualquiera la posición que ocupe; lo rechazarán o se dejarán matar”.

La lucha fue feroz.  Ante los batallones del gobierno, bien armados y mucho más numerosos, los guerrilleros se
lanzaron como leones al combate cuerpo a cuerpo en que, a falta de bayonetas, golpeaban con los fusiles.  
Desde cerca del medio día hasta las cinco de la tarde siete veces fue puesto en fuga el enemigo y siete veces
volvió a la carga, hasta que al fin, diezmadas las tropas conservadoras y sin municiones, se batieron de retirada.

Hubo en aquella batalla hazañas heróicas, sobre todo en ocasión de una famosa ametrallodora que manejaban
las tropas del gobierno.  Al intentar arrebatársela audazmente, cayó tendido en el campo el admirable joven
Daniel Malo O’Leary, nieto del prócer y pariente de Sebastián Ospina, a quien asistía como Ayudante Mayor.

El general Briceño, al describir esta batalla, consigna esta proeza del coronel Ospina: “La ametralladora barre la
cerca que nos sirve de trinchera.  Nuestros soldados principian a ocultarse para evitar el fuego.  El coronel
Sebastián Ospina salta sobre la trinchera, se sienta con la espalda vuelta al enemigo, saca su reloj y limpia
tranquilamente sus tapas, mientras conversa chancéandose con el coronel Rafael Ortiz.  Cuando ya ha devuelto
a sus soldados el desprecio por la vida, salta la cerca, descrube su frente donde brillaba el genio, y vitoreando a
la República, dirige a sus soldados sobre el enemigo”.  (Historia de la Revolución, 1876-1877, tomo II,
manuscrito inédito, p 414).

Y Martínez Silvia, también testigo de vista, escribe: “Muchos fueron los jefes y oficiales que allí se distinguieron
por su valor, y sinembargo, el más valiente de todos, por unánime confesión, fue Sebastián Ospina.  Con el
sombrero alzado en una mano y la espada en la otra, radiante el rostro de entusiasmo, erguido como para
ofrecer mayor blanco a las balas enemigas, presentaba una figura sublime.  A la cabeza de sus soldados,
ocupando siempre el puesto más avanzado en el momento de la cargo y el último en el de la retirada, sin ira, si
afán, con la conciencia plena de su deber, Sebastián Ospina era en aquellos momentos la más noble
personificación del guerrero cristiano”. (Biografía citada).

El combate de La Donjuana dejó destrozado al Ejército del Norte y abatidos los ánimos de los jefes y oficiales.  
En los días siguientes hubo algo en la jefatura –que ya se había hecho sentir– algo entre la jefatura superior y los
jefes subalternos, que produjo indecisiónen marchas y después del desastre de Musticua, el retiro y expatriación
voluntaria del general en jefe.

Después de una contramarcha, el 14 de febrero, entró el Ejército del Norte a Musticua, pequeña población a
unos 15 kilómetros al suroeste de Pamplona.  Su objetivo era ocupar la posición importante de Cupagá.

El enemigo, interesado por ocupar la misma posición, bajó hacia ella por el cerro de la Caldera, y al advertirlo
Sebastián Ospina que comandaba la vanguardia del ejército, se apresuró con ochenta hombres para detener al
enemigo en un paso forzado hacia Cupagá, confiando que el resto del ejército le seguiría luégo para
respardarlo.  Pero el resto del ejército se retrasó y dejó desguarnecido un espacio intermedio hasta el punto
defendido por el coronel Ospina.  Por allí introdujo el enemigo un batallón de 500 plazas, aisló la avanzada
conservadora y la atacó.  Don Carlos Martínez Silva, oficial entonces del Ejército del Norte, describe así la
acción subsiguiente: “El resultado no se hizo esperar: nuestros soldados, agobiados por el número y por el
nutrido fugo que resistían, empezaron a retirarse y a arrojar las armas al suelo.  Sebastián Ospina, sinembargo, a
pesar de que comprendía lo inútil de las resistencia, quiso, como militar de honor, guardar el punto hasta el
último extremo.  No le quedaban ya sino unos catorce soldados y se encontraba a tiro de pistola de los que
sobre ellos venían.  En ese momento Sebastián, para infundir nuevo ánimo en los suyos, saltó sobre la cerca de
piedra que los protegía.  Un sargento del batallón Charalá que se aproximaba en ese instante, vio a Sebastián,
tendió el rifle y le disparó un tiro.  Sebastián dio un salto y cayó en los brazos de su pariente y amigo el señor
Domingo Ospina Camacho.  – ‘No me dejes aquí solo!’ le dijo, rezó una corta oración, alzó los ojos al cielo y
expiró”.

Aque fue el último desastre de una cadena de heroicos desastres.  Manuel Briceño, que tomó parte en estos
combates, termina la narración del de Musticua con estas palabras: “Quedaron prisioneros 6 coroneles, 5
sargentos mayores, 21 capitanes, 30 tenientes, 18 subtenientes y 400 individuos de tropa.  Nuestras fuerzas
tuvieron 40 muertos y 50 heridos; el enemigo perdió unos 50 hombres.  Entre los muertos apareció el teniente
León, tan valeroso como subordinado, y para que el desastre fuera inmenso, para que nada faltara en aquel día
de desgracia, la muerte de Sebastián Ospina arrebató al partido conservador su primera y más hermosa
esperanza”. (Historia citada, p. 480).

***
Cuando el general Briceño, después de un mes de peligrosa fuga, volvió a Guasca a reorganizar nuevas tropas,
uno de sus primeros cuidados fue honrar la memoria de Sebastián Ospina con un decreto que queremos colocar
aquí como una corona de laurel, digno marco a la joven figura del héroe.  Dice así:

“Manuel Briceño, Jefe civil y militar del Estado Soberano de Cundinamarca y General en Jefe del Ejército
Regenerador, considerando:

Que el Coronel Sebastián Ospina rindió su vida luchando gloriosamente en el desgraciado combate de Musticua;

Que su pérdida es para la República tanto más notable era el Coronel Ospina por su inteligencia superior y su
gran ilustración;

Que con su muerte ha perdido la República y la causa regeneradora al mejor de sus jefes y una de sus más
grandes esperanzas,

DECRETA:

Art. 1°.  Asciéndese a General del Ejército Regenerador al heroico Coronel Sebastián Ospina, muerto en el
combate de Musticua.

Art. 2.° El Ejército Regenerador guardará el luto que prescriben las ordenanzas militares en honor de los Jefes
superiores del Ejército.

Art. 3.° La Primera División del Ejército Regenerador se denominará, en honor a la memoria del inolvidable
General Sebastián Ospina, “División Ospina”.

Dado en el Cuartel general de Guasca, a 6 de marzo de 1877.  Manuel Briceño
El Secretario de Gobierno y Guerra, Federico Vargas de la Rosa”.

Tal es la breve historia de este joven incomparable, honor de Colombia por su rica inteligencia, por su valor
legendario, por su vida inmaculada y por su muerte gloriosa.