Reminiscencias

Por Concepción Ospina Vásquez, 1942, Bogotá

Reproducido del libro:  Tres presidentes de Colombia y semblanzas de personajes de la familia Ospina, por Juan
Antonio Pardo Ospina, 1946.  Editorial Santafé, Bogotá, Colombia .
Había dejando en la historia que les mandé, a nuestra familia en Guatemala: allí los Jesuítas ayudados por varias
personas, les tenían la casa aperada de todo lo necesario, pero era preciso ver cómo podían ganarse la vida.  Así,
que mi papá y mi tío Pastor Ospina habrieron un colegio de varones que fue muy concurrido; mi mamá hizo un
pedido de cristal y porcelana a Europa, y abrió un almacén donde vendía Liboria así pudieron sostenerse.

Las noticias que llegaban a Medellín de la vida tranquila y feliz de que los expatriados gozaban en Guatemala,
movieron a casi toda la familia a abandonar la patria esclavizada por el partido liberal que gobernaba Colombia, y
fueron a establecerse a Guatemala: mi abuela con sus hijos que eran: mis tíos Pedro, Eduardo, Wladislao, Manuel,
Bautista y mi tía Rosa,ya casada; se fueron a establecer allí también mi tío Julián Vásquez (padre de Miguel) con
toda la familia.  El Dr. Recaredo de Villa casado con Pastora Vásquez, con todos sus hijos; el Dr. Fabricio Uribe
con su familia, y otras personas que no recuerdo.  De Bogotá fueron también a establecerse allí algunas de las
familias Ospinas.  De modo que en poco tiempo se formó en Guatemala, una muy honorable colonia Colombiana
que gozaba de la estimación general, de la sociedad guatemalteca, y así varios de los miembros de nuestra familia
se casaron muy bien.

La vida corría tranquila y feliz en aquella tierra hospitalaria, cuando desgraciadamente subió a la presidencia un
sujeto liberal, el General Barrios, que muy pronto empezó la persecución religiosa (10 años quizá después de la
llegada de nuestra familia a Guatemala).  Mi papá empezó a escribir en los periódicos en defensa de los Jesuítas y
esto le atrajo la enemistad del presidente y se le notificó que debía, en muy corto tiempo, salir de Guatemala.

Fue preciso pues, dejar aquella segunda patria donde tan felices habían vivido, para regresar a Colombia.  Allí
quedaba María Josefa Ospina, nuestra hermana, que había casado con José Mariano Romá; Manuel y Bautista,
hermanos de mi mamá, casados allí también; y algunos otros.

Como Colombia se había divido en Estados Soberanos, Antoquia, por fortuna tenía por presidente al Dr. Pedro
Justo Berrío, pues imperaba allí el partido conservador.

El viaje precipitado fue muy difícil y penoso.  Ya en tierra antioqueña, murió en camino el menor de los niños,
Francisco, que apenas tenía algo más de un año, y fue preciso dejarlo enterrado y seguir el penoso viaje con
aquella pena.

Por fin, los desterrados llegaron a Medellín, donde fueron recibidos con entusiasta cariño.  Llegaron a una casa
frente al costado del Colegio de las Hermanas de la Caridad.  Allí gozaron y sufrieron mucho.  Allí murió Cecilia,
la menor de las hijas nacidas en Guatemala; y fue también allí donde mi papá recibió la fatal noticia de que
Mercedes y Marcelina, sus dos hijas, se habían ahogado en el río Cauca.  El valor de mi papá era heroíco: como
había recibido la sentencia de muerte, recibió esa dolorosa noticia.  No dijo una palabra, se encerró en su cuarto
por varias horas, y luégo salió de allí sin hablar una palabra de lo ocurrido, par no mortificar a nadie.

Después de tantos sufrimientos, disfrutaron de unos pocos años de tranquilidad; pero estalló la guerra del 76 y
desgraciadamente en Los Chancos, el partido conservador fue vencido.  En aquella batalla estaban Tulio y Pedro
Nel, muy jóvenes todavía.  Mi papá mismo los había mandado a luchar por la Religión y la Patria, ya que él por
las enfermedades y sus años no podía hacerlo.

El sufrimiento en aquellos largos meses fue terrible.  Pues, según cuentan, no llegaban noticias.  Tulio era capitán y
Pedro Nel era ayudante del general Marceliano Vélez.

En el combate de los Chacos, donde los conservadores fueron definitivamente vencidos, Tulio cayó herido en una
pierna.  Cuando éste se dio cuenta de la derrota, comprendió que si era reconocido por los liberales triunfantes, lo
asesinarían; y arrastrándose como pudo, desvisitió a un soldado muerto y se vistió con el uniforme de éste,
vistiendo al muerto con el suyo; así fue que al recorrer el campo, fue hecho prisionero, pero pasó por un simple
soldado.  Allí, aunque estaba herido, lo obligaron a echarse a cuestas a un soldado liberal que estaba herido
también.  Esta inteligente maniobra fue cause de grandes sufrimientos para nuestra familia; porque por más
averiguaciones que se hicieron, nadie daba razón de Tulio, pues no figuraba ni entre los vivos ni entre los muertos
o heridos.  Mi papá estaba convencido de que había muerto, y lo lloraron como tal; pero mi mamá en medio de
su dolor, pues era la persona más afectuosa, sostenía que Tulio no estaba muerto porque ella los había entregado
a la Virgen, y estaba segura de que Aquélla los había salvado.  (Este es el motivo de aquel cuadro que ustedes
conocieron en Sorrento, en que Tulio vestido de soldado, está al pie de la Inmaculada).

El pobre Tulio sufró horriblemente, pues lo trataban como a un infeliz soldado prisionero.  En Cali y en Popoyán,
lo sacaban con los otros presos a pedir de casa en casa, la limosna de algunos sobrados de comida para no morir
de hambre, pues los liberales no mantenían a los presos.  A los 3 meses de llevar tan triste vida, lo llevaron con
otros presos a Manizales, y por casualidad llegaron a pedir la limosna de comida a la casa de mi tío Castor María
Jaramillo, tío de mi mamá, quien sabía la pérdida de Tulio.  Aquél lo reconoció, y acercándosele le preguntó si él
no era Tulio Ospina, éste que no lo conocía trató de despistarlo, per mi tío le dijo que le dijera de verdad, pues
era su tío. Aclarada la cosa, aquél consiguió que se le diera libre, y lo dejó en su casa, informando a la familia de
lo ocurrido,después de tantos días de amargo sufrimiento.

Fue después de esta noticia que mi madre hizo pintar el cuadro de la Virgen que por muchos años se veneró en la
iglesia de El Poblado, hasta que refaccionada ésta, el cuadro ya sobraba y entonces Tulio lo llevó a Sorrento,
donde ustedes lo habrán visto sin saber lo que representa.  Qué buena ha sido la Virgen con nuestra familia!

A pesar de la difícil situación económica de la familia, pues los gastos eran enormes, pudieron mandar algo a
Tulio, quien fue a reunirse en Panamá con Pedro Nel.  Allí era Obispo el Rvdo. Padre Paúl, jesuíta, amiguísimo de
la familia y compañero de destierro en Guatemala.  El ayudó para que pudieran hacer viaje a California, y fueron
ellos a casa de María Josefa, nuestra hermana casada con José Mariano Romá, quienes los acogieron con mucho
cariño.  Ells iban a seguir allí sus estudios, pero no querían serle pesados a sus parientes, así que tan pronto como
pudieron hablar un poco de inglés, ingresaron a la Universidad de California y se dedicaron al estudio de minas;
para ayudar a sostenerse, consiguieron colación (me parece que en una droguería) para trabajar en las horas
libres de la noche.

Entre tanto los liberales seguían triunfando, y muy pronto Antioquia fue invadida por las tropas del Cauca,
compuestas de negros semisalvajes.

Nosotros vivíamos todavía en la casa de la esquina frente al Colegio de las Hermanas (que llamaban de
Guanteros), aquélla era muy grande y tenía un solar que daba a la cuadra de atrás.  Mi papá estaba allí
escondido.  Una noche Teodora (la señora que había acompañado a mi mamá desde que se casó) estaba con un
cólico, y mi mamá mandó a Liboria y a otra sirvienta que fueran al solar a coger yerbas aromáticas para unos
fomentos. Ellas fueron y “Filis” el perro las siguió.  Al entrar, probablemente el perro ladró y ellas pudieron ver
que sobre las paredes estaban los negros caucanos, que eran el terror de Medellín.  Como Liboria era muy
inteligente y formada por mi mamá, hizo como que cogía las ramas y que nada había visto, y salió con mucha
calma con la compañera y el perro a dar a mi mamá la terrible noticia.  Esta, aterrada, temblando por la vida de
mi papá, pensó en pedir socorro al Dr. Fabriciano Escobar (el papá de Amalia Escobar), quien vivía en la esquina
frente al Colegio de las Hermanas, pero cuando quiso inspeccionar la calle, por la rendija de una ventana, vio que
en la calle estaban también los negros.  En medio de la angustia no sabía qué hacer, más que invocar a la Virgen
para que los salvara; el auxilio de la Virgen de los Desamparados no se hizo esperar; “Filis”, el perro, saltaba
junto a ella y parecía pedirle que le abriera la puerta, pues iba hasta ésta y volvía.  Ella sintió como una esperanza,
y entreabriendo la puerta dejó salir al perro; mientras tanto todos rezaban pidiendo ayuda de la Virgen.

Contado por el Dr. Fabriciano, el caso pasó así: El estaba trabajando en el cuarto del zaguán, cuando vio entrar al
perro, que él conocía.  El pobre animal parecía que quería hablarle, pues ladraba, salía afuera, volvía a entrar y lo
miraba como diciéndole que lo siguiera.  Intrigado el doctor lo siguió, y al llegar a la esquina vio la casa rodeada
por los negros.  Haciéndose el disimulado, volvió a la casa, cerró la puerta y se fue a hablar con dos que todavía
representaban al gobierno conservador, pues estaban cabalmente tratando con los jefes liberales las condiciones
para la entrega.  Informados de lo ocurrido, éstos se comprometieron a salvar a mi papá, y a acuartelar a los
negros.  Con ellos fueron los señores conservadores que estaban allí, y de este modo, nuevamente la Virgen de
los Desamparados salvó la vida no sólo de mi papá, sino a toda la familia, pues aquellos negros eran el terror de
todos por sus crímenes y villanías.

Era preciso dejar aquella casa tan aislada, pues todavía Medellín era muy pequeño, a así se pasó la familia a una
casa alta contigua y comunicada con la de mi abuela (mi mamita Antonia, como la llamábamos).  Esa casa
quedaba sobre la calle (me parece que se llamaba Palacé) de la catedral (hoy Candelaria) hacia la quebrada, y al
frente estaba la casa del Dr. Manuelito Uribe, el médico tan querido y conocido de Medellín.

Este, cuando llegó el general Trujillo, el Jefe triunfante en Los Chancos, quien venía con su estado mayor y debía
ser el árbitro de la suerte de la infeliz Antioquia, le dio para vivir su casa.  De manera que frente a la nuestra, en
aquella calle tan angosta, estaba la casa del Jefe supremo del Estado.

En aquella casa en vivimos poco tiempo, sucedió un caso, para ustedes muy interesante, que fue algo terrible para
María y toda la familia: por olvido, probablemente Santiago que creo había partido con mi papá, dejó un revólver
cargado, sobre una mesa en su cuarto.  Margarita Rodríguez, a quien ustedes deben conocer, quien sirvió en
nuestra casa muchos años hasta que se casó, era muy joven, casi niña, bajó al cuarto donde había dormido
Santiago; y María, más o menos de la misma edad, bajó también con ella.  Mientras aquella destendía la cama,
María cogió el revólver que estaba cargado y montado; probablemente tocó el gatillo, y se escapó el tiro que fue
a atraverar el costado de Margarita.  Mi mamá oyó la detonación y corrió a ver qué había ocurrido.  Al llegar a la
escalera se encontró con Margarita; quién alcanzó tan sólo a decir: “no fue de intento”, y cayó desmayada.  Entre
tanto María, como loca de dolor, daba gritos.  Mi mamá, medio muerta de angustia, hizo llevar a Margarita a la
cama, mientras los demás trataban de calmar a María; pero desgraciadamente la detonación había sido oída en la
casa donde estaba Trujillo, y al momento se presentaron unos militares a averiguar la causa de aquella
detonación.  Mi mamá les explicó lo ocurrido, pero le fue notificado que irían los médicos que Trujilo mandaba
para examinar la herida, y que si ésta moría, María sería encarcelada.  Llegó al mismo tiempo el Dr. Larroche, a
quien mamá había mandado a llamar con urgencia;

<faltan las páginas 74-75 del original>

go de los caminos.  No sé adonde llegamos, sólo recuerdo que algún tiempo después de llegar, nos pasamos a
vivir a la “casa nueva”, así llamábamos lo que entonces era lo mejor que había en Medellín, lo que hoy es la
Gobernación.  Casa que mi mamá hizo edificar.  Aquello debió ser en el año 1876, en los últimos meses, porque a
los pocos meses de estar viviendo allí, nos fuimos, como de costumbre a pasar el diciembre a la casa de El
Poblado.

Estando allí, estalló aquella terrible guerra en la que, desgraciadamente, fueron derrotados los conservadores por
el General Rengifo, otro caucano.

Hacía pocos días que los conservadores habían sido derrotados en El Cuchillón, cuando se presentó en El
Poblado, donde estábamos viviendo con mi mamita Antonia, una ronda.  Los soldados que la componían, iban
con los sombreros adornados con pedazos de damasco rojo, que mi abuela reconoció, pues eran los restos de las
lujosas cortinas de su casa.  Como nadie podía ir a Medellín, pues los retenes no dejaban pasar, fue por los
soldados que se supo que tando la casa de mi abuela como la nuestra, habían sido saqueadas y estaban sirviendo
de cuarteles.  Nada se podía hacer, pues los retenes no permitían el paso.  Así fue que de aquel salvaje saqueo
nada quedó: los muebles, espejos, cuadros, etc. fueron arrojados a la calle, a allí se los peleaban los rojos.

Pero esto no era más que el principio de aquella terrible persecución que sufrió Antoquia, pronto la tiranía lo
invadió todo.  Aquellos bandidos disfrazados de militares, lo saqueaban todo; a nuestra casa del Poblado llegaban
cuando menos se les esperaba y se llevaban cuanto encontraban: vacas, caballos, gallinas y todo lo que les
parecía bueno o vendible.

Para comer o almorzar era preciso tener una persona que desde el corredor de la casa vigilara para que pudiera
avisar que llegaba la ronda, y así mientras ésta subía la manga que era muy larga y pendiente, se alcanzaban a
esconder en unos hoyos los cubiertos, vasos de plata, etc., los que se cubría con tierra y hojarasca.  Por la noche
cuando todos dormían, llegaba la ronda que buscaba a mi papá, quien era el jefe civil de los conservadores.  Por
este motivo, el pobre ya viejo y enfermo de tánto sufrir, vivía escondido en los ranchos y en los montes.

Un día llegó a la casa, al anochecer, disfrazado de campesino, y le dijo a mi mamá: “Ya no puedo más, estoy
rendido de cansancio, yo me quedo aquí”.  Mi mamá le rogó que no lo hiciera, pues podía llegar al ronda y
cogerlo, pero él no quiso irse; se acostó en su cama, por primera vez después de mucho tiempo, y como hacía
calor dejó entreabierta la puerta del cuarto.  A media noche, se oyeron los golpes en la puerta, era la ronda que
llegaba; mi mamá ya acostumbrada a esto, se levantó como pudo, temblando por la vida de mi papá.  Los golpes
se redoblaban, y nada podía hacerse para que mi papá huyera, quien con aquella calma que lo distinguía,
permanecía tranquilo en la casa.

Abierta la puerta, entró la ronda empezando la búsqueda, pero, cosa providencial, como la puerta del cuarto de
mi papá estaba abierta, no entraron allí.  Otra vez, la Virgen de los Desamparados, a quien mi mamá invocaba sin
cesar, le salvaba a él la vida.

Terminada la ronda, los soldados se fueron y mi mamá pudo respirar y caer de rodillas para agradecer a la Virge
aquel patente milagro.  Pero era preciso otro milagro, pues los soldados se habían llevado prisioneros a
Hermógenes, la dentrodera, y al criado, que no recuerdo cómo se llamaba.  A éstos pensaba mi mamá, los
obligarían a confesar con juramento, si el doctor Ospina había dormido en la casa.  “Yo juré que no lo sabía”.  
“Por Dios! Hermógenes, juraste en falso?” “No, respondió ella, como yo no dormí con él, no sabía si había
dormido o no!”

No sería éste un nuevo milagro de la Virgen?  Que una mujer ignorante obrara así, con esa tranquilidad que
despistó a los enemigos, no es un milagro?  Si ella hubiera jurado que sí había dormido mi papá en la casa, se
habrían convencido de que él estaba en algún escondite cercano, y de algún modo lo habrían descubierto.

Pero aquella vida de zozobra y angustia no se podía soportar, y los jefes conservadores que estaban escondidos
en otras partes resolvieron huír de Antoquia, para pasar a otro Estado, y con ellos emprendió mi papá la huída.  
Ignoro cómo y dónde se reunieron y quiénes eran.  El caso es que escaparon y emprendieron la fuga por atajos
intransitables, y cuando iban ya muy lejos, en un atajo terrible, la bestia que montaba mi papá se cayó con él
sobre unas piedras y le despedazó una pierna.  El usó siempre botas hasta la rodilla; al ser levantado de la caída y
encontrándose imposibilitado para seguir adelante, pidió que no le quitaran la bota, que era lo único que podía
servir como de tablilla, y en medio de terribles dolores, sin ningún remedio, lo llevaron en peso a un ranchito
abandonado, en medio de la selva, en el que una mujer que providencialmente encontraron, les indicó como un
lugar seguro.  Era un rancho que hacía tiempo habían construído unos labradores que hicieron allí una siembra de
maíz.  Conducidos por ella y llevando entre todos al enfermo, quien no podía dar un paso y sentía dolores
terribles, llegaron al rancho casi arruinado, en medio del monte.  Aquél tenía una especie de zarzo, y haciendo una
escalera lo subieron.  El les había rogado que lo dejaran allí solo, y que cuando salieran de los peligros que los
amenazaba, le hicieran saber a mi mamá dónde se encontraba y le indicaran cómo podría ir allí.  Antes de
despedirse, ellos le dieron dinero a la mujer para que le llevara algo de comer todos los días a mi papá. Ella se
comprometió a llevarle frijoles y arepa cada dos días (dos cosas que él no aprendió nunca a comer).

La mujer cumpló su promesa y no le dejó de llevar el alimento, el cual calentaba en un rincón del rancho.  Este fue
un nuevo peligro para mi papá, porque el olor a ceniza atrajo al tigre, y este se le presentó; pero gracias a Dios no
pudo subir al zarzo.

Los días pasaban sin que nadie llegara, y los dolores de la pierna aumentaban cada día; la hinchazón era tal que el
cuero, muy grueso de la bota, empezaba a rajarse.  Por fin, después de muchos días, se presentó el señor
Olózaga (papá de Susana) con varios peones y una especie de camilla.  Con el mayor cuidado lo bajaron, no sin
terribles dolores, pues empezaba a presentarse la gangrena.

Olózaga, como ustedes saben, era liberal y no tenía ninguna relación con nuestra familia, pero mi mamá, quien
conocía bien a los liberales de aquellos tiempos, no creyó poderse fiar de ninguno, y los conservadores no podían
hacer nada, pues el gobierno los tenía presos a los unos y escondidos a los otros.  Ella se presentó al señor
Olózaga, y le dijo que, como no podía fiarse de ningún liberal que la traicionaría, iba a pedirle a él un gran favor,
ya que siendo él español debía tener sentimientos nobles y caballerosos.

El señor Olózaga, muy noble y cortés, le aseguró que haría hasta lo imposible por prestarle el servicio que de él
necesistaba.  Entonces ella le refirió lo ocurrido y la situación en que mi papá se hallaba, completamente
abandonado e inválido.  Inmediatamente aquel señor dio los pasos necesarios y emprendió camino, llevando
peones para el traslado de mi papá.

Ignoro cuánto tiempo duraría aquello.  El caso es que aquel noble español, consiguió traer a mi papá ocultamente,
llegando a media noche con él a la casa de Natalia Barrientos, tía de Estanislao, una santa.  La casita, edificada
solamente para ella y Wenceslao, era muy pequeña y allí estaba toda la familia nuestra con el servicio y el de mi
abuela, que también era numeroso, y ella estaba acostumbrada a las mayores comodidades.  Yo le oí decir a
María varias veces, que ella dormía debajo de una mesa,y por lo que puede imaginarse, así dormíamos nosotros;
yo no lo recuerdo.

Parece que a media noche, con todo sigilio, llegó el señor Olózaga con mi papá.  Nosotros los niños, no supimos
nada.  El médico de la casa, Dr. Larroche, lo examinó después de haber cortado la bota que estaba para abrirse
con la hinchazón de la pierna, y habiendo encontrado que empezaba a agangrenarse, empezó la curación con
inmensas dificultades de toda clase.

Ignoro cuántos días estuvo mi papá en aquella casa, creo que serían dos o tres, cuando se presentó la ronda, y
naturalmente encontraron a mi papá gravísimo; pero inmisericordes dieron la orden de llevarlo a prisión, a pesar
de las protestas de mi mamá al pie de él.  Llegaron a la cárcel, que era la casa donde hoy funciona el colegio de
María Auxiliadora (Perú y Bolívar).  Al entrar, mi mamá que iba al pie de la camilla, quiso seguir, pero el centinela
la rechazó.  “Sólo pueden entrar aquí los presos”, dijo el oficial.  “Yo me declaro presa”, dijo mi mamá y se
entró.  Nadie se atrevió a insistir y quedó allí presa, día y noche al pie de mi papá, cuidándolo.
Había allí varios sacerdotes presos y un obispo, creo que era el de Antioquia.  Cuando se oyeron los dobles de la
8 de la noche, mi mamá, que acostumbró siempre a empezar el rezo del Rosario a esa hora (sin respetos
humanos, aunque hubiera visita), le dijo al señor obispo: “Su Señoría, ¿no le parece bueno que recemos el
Rosario?” “Quién sabe qué ocurrirá si lo hacemos”, dijo éste.  “Si Su Señoría quire, yo hago coro”, y sin más
emepezó ella el rezo, al que se unieron todos los sacerdotes y demás personas que estaban allí presas.

La situación de mi papá, después de largos días de prisión en aquella casa llena de soldados y presos, se hacía
cada vez más grave, y los mismos médicos liberales que le hacían las curaciones pidieron al gobierno que lo
dejaran trasladar, en calidad de prisionero, al Hospital de San Juan de Dios, que estaba a cargo de las Hermanas
de la Caridad.  Este fue un gran alivio para él y para mi mamá.

Fue conducido en la camilla, rodeado de soldados, al hospital, y mi mamá al pie del pobre enfermo, quien sufría
terribles dolores, pues la gangrena no había cedido.

En el Hospital, las hermanas de la Caridad, le tenían ya listo el cuarto, y allí quedó como prisionero, con centinela
de vista, día y noche.

Aquel fue un gran alivio para el pobre enfermo, quien salía de una cárcel infecta, donde pasaba los terribles
dolores en medio de presos y soldados, en un cuarto común, y para mi mamá, única mujer que había en la cárcel,
luchando para poderlo cuidar, sin recursos los más indispensables.  Allí podía la familia visitarlos y tenían todos los
recursos: médicos, enfermeras, etc., y sobre todo estaban las Hermanas, quienes se dedicaron a cuidarlo día y
noche.  Bendito sea Dios!  Que El les haya pagado en el cielo.
      
En la caja de joyas de mi mamá, entre una canastica muy pequeña, guardaba tres cuartas, que Francisco y yo
(que estábamos muy niños) les llevábamos de regalo para que compraran una casa, porque los liberales se habían
robado la nuéstra.  La cuarta era una moneda de níquel, la más pequeña de todas, y equivalía a medio centavo.

Mi mamá, llorando, recibió nuestro regalo, que para nosotros era muy valioso, pues no estando ella en la casa, y
en aquellas circunstancias por sería lo que se nos daba.

Ignoro cuánto tiempo pasaron mi papá y mi mamá en el hospital, sin que a ésta se le permitiera salir siquierapra
dar una vuelta a la casa donde estábamos viviendo amontonados todavía en la casa de Natalia Barrientos.

Al fin terminó aquella guerra con sus horrores, y calmó la persecución religiosa, que fue espantosa.

Sólo los sacerdotes que prestaban juramento con el cual quedaban excomulgados, podían ejercer el ministerio.  
Gracias a Dios, fueron muy pocos, y las gentes los miraban con horror.  Los demás sacerdotes habían huído y
vivían en los bosques o escondidos en las casas de los campesinos.  Los templos fueron saqueados y profanados
los vasos sagrados.  Algunos de aquellos miserables se atervieron a entrar a caballo a las iglesias y daban de
beber a los caballos el agua bendita.  La iglesia que es hoy de los Jesuítas (San Ignacio) era un cuartel, y las
mujeres de los soldados cocinaban con la madera de los altares y confesionarios.  Yo recuerdo haberlas visto en
la plazuela cocinando.

Los sacerdotes fieles que caían en manos de los liberales, los vestían de soldados y los obligaban a todos los
trabajos de éstos, dándoles palo cuando no podían desempeñar lo que les mandaba hacer.   Yo recuerdo todavía,
a pesar de no contar entonces más de cinco años, la pena que sentía cuando yendo a la calle, la sirvienta nos
decía: “Este es un Padre”.  Iban vestidos con la chaqueta roja, como cualquier infelíz soldado, y les imponían los
trabajos más duros.

Creo que mi papá fue desterrado de Antioquia, y no recuerdo más, hasta la guerra del 85 que ya es cosa
moderna.

Guerra del 85
Al fin pasaron aquellos terribles tiempos y se estableció la paz.  Con muchos esfuerzos y con el trabajo de mis
hermanos, quienes al regresar de los Estados Unidos, después de varios años de estudio, fundaron el primer
laboratorio para fundir el oro, y con los esfuerzos que Santiago había hecho para sostener las fincas, se pudo
pensar en edificar otra casa, pues la que hoy es la gobernación no se nos restitiyó.

En un lote que creo regaló a  mi mamá, mi mamita Antonia, contiguo a su casa, y que ustedes bien conocen, frente
a la puerta lateral de la catedral (hoy La Candelaria), se edificó una casa de dos pisos, grande y cómoda.  Mis
hermanos que por experiencia sabían lo que era la persecución del partido liberal, al edificar la casa, en la parte
baja donde funcionaban el laboratorio y la fundición de oro y de plata, hicieron escondrijos que sólo ellos
conocían.

En los últimos meses de 1884, mi papá cayó gravemente enfermo, de un tumor en el hígado, que hacía ya algunos
meses lo molestaba.  Estando en esta situación, estalló la guerra llamada del 85, en la cual, ayudados por el
doctor Rafael Núñez, subieron al poder los conservadores.

Al empezar esta guerra, el Directorio Conservador, compuesto por el doctor Marceliano Vélez, mi tío Eduardo,
el doctor Alejandro Botero, don Abrahám Moreno y mis hermanos Tulio, Pedro Nel y Santiago, se estableció en
nuestra casa, sin que los niños ni los sirvientes se dieran cuenta de ello, pues vivían en la parte baja, en lo que
ocupaba el laboratorio.  Uno de los empleados de éste, Alejandro García (tal vez se llamaba Alejandro, no sé el
nombre), quien había sido telegrafista, con su máquina, desde el cuarto del tercer piso, cogía, sin que nadie
pudiera sospecharlo, pues conectaba con un alambre casi invisible su máquina a los hilos del telégrafo.  Gracias a
esto, el Directorio estaba al corriente de todo lo que pasaba en la guerra.

El Gobierno, desde que empezó la guerra, puso centinelaen la puerta de nuestra casa, de manera que ni de día ni
de noche se podía entrar ni salir, sin que éste lo permitiera.  Con frecuncia se presentaban las rondas cuando
menos se esperaban, rondaban las piezas de la casa, pero no encontraban ni hombres ni armas.  La antevíspera
tal vez de la muerte de mi papá, buscaban armas aun debajo de los colchones, según decían ellos.  Mi papá no
dijo una palabra, pero cuando mis hermanos, al anochecer, entraron al cuarto, él los buscaba con la vista como
queriendo encontrarlos, con angustia.  Hasta los últimos momentos de su vida, fue víctima del partido liberal.

Dos o tres día después, murió, rodeado de su esposa y de sus hijos, aydado en aquellos momentos por el
Reverendo Padre Arjona, jesuíta que él había traído a Colombia, con el Reverendo Padre Ramírez y el Hermano
Montenegro, quienes llegaron a Medellín a una casita contigua a la casa de Estanislao Gómez Barrientos, donde
aquellos vivieron desde el mes de septiembre, figurando como simples sacerdotes.  Mi papá había dicho que
quería morir ayudado por un jesuíta, y Dios le concedió esta gracia.  Murió el 11 de enero de 1885.

Naturalmente al entierro de mi papá no pudieron asistir mis hermanos, porque estaban escondidos.

Por demás está el hablar del dolor que la muerte de mi papá causó a mi mamá, quien había vivido para él; y a mis
hermanos, que lo veneraban como a un santo.  Todos teníamos despedazada el alma, aun Franciso y yo, que
apenas si podíamos entender lo que era la muerte.

Pero era preciso sacrificar en aras de la Patria hasta el dolor.  Se acercaba la guerra a Antioquia; era preciso que
los jefes marcharan a los campos de batalla, pero ¿cómo salir de la casa con centinela día y noche?  A mi mamá
nada se le dificultaba, estaba tan acostumbrada a la lucha.  Se resolvió, pues, que tanto mis hermanos como los
otros jefes que estaban escondidos en casa, salieran disfrazados poco a poco; pero esto no podía hacerse por la
puerta de nuestra casa, porque allí estaba siempre el centinela.  Se resolvió que pasaran a la casa de mi abuela,
quitando dos vidrios de una ventana que había en la repostería de nuestra casa y daba al comedor de la casa de
mi abuela.  Así se hizo; ya no quedaba por pasar sino Tulio, que por ser el más grueso lo dejaron para último.  Se
estaba él pasando, pero no podía, cuando avisaron que estaba la ronda que acostumbraba presentarse cuando
menos se le esperaba.  Es de imaginar el espanto y la angustia de mi mamá y de todos; el mismo terror, tal vez,
hizo que tirando de un lado y empujando del otro, pudiera pasar Tulio antes de que la ronda que guiaba mi mamá
llegara a la repostería.  ¿No sería esto una gracia de la Virgen que invocábamos todos?

Una vez en la casa de mi abuela los fugitivos se disfrazaron de artesanos y peones.  Allí estaban algunas mujeres
campesinas con la que mi mamá podía contar; y unos, acompañados por algunas de éstas, como marido y mujer,
y otros solos; pero todos disfrazados, la mayor parte con sus barbas largas y blancas y otros sin ellas, fueron
saliendo unos primero y otros más tarde, con todo disimulo, por la puerta falsa de la casa, que daba a la calle de
Palacé.  Otros salieron acompañados por una u otra puerta.

El caso es que todos se escaparon y fueron a reunirse con las tropas que estaban ya organizadas y en marcha
contra el ejército liberal.

Llegaron allí y Pedro Nel arengó la tropa, y hasta Mariano que escondido de mi mamá se había ido también, hizo
un discurso muy entusiasta; pero el pobre tuvo que volver a Medellín, porque era casi un niño, y ella no podía
conformarse con que hasta éste fuera a la guerra.

Francisco, que apenas tenía 9 años, se escapó también se fue a El Poblado y allí cogió un caballo y se fue a
alistarse en el ejército; pero el mayordomo, por orden de mi mamá, lo alcanzó y lo trajo a Medellín.

Mi mamá, en medio del dolor que la muerte de mi papá y el peligro de sus hijos le causaba, trabajaba
incansablemente por su patria.  A nuestra casa, a pesar del centinela que guardaba la puerta, llegaban las armas
para mandar al ejército, que contaba con muy pocas.  Allí llegaban señoras y señoritas a hacer visitas de pésame,
y debajo del vestido llevaban una carabina o un fusil; también las mujeres que vendían bocadillos de Caldas y
Envigado, o pan y dulces de otras partes, subían a la casa pasando al lado del centinela, sin que éste sospechara
nada; y en la misma forma salían de casa de mi abuela o de la nuestra, armas y municiones para el ejército.  Más
pronto de lo que se podía esperar, por fortuna terminó la guerra, y el ejército conservador, triunfante, llegó a
Medellín.

La salud de mi mamá iba decayendo.  El triunfo conservador sin mi papá era para ella como una pena.

Los jefes conservadores iban a visitarla admirando indudablemente aquel valor varonil y a quella inteligencia
asombrosa; pero tántos sufrimientos y tántas angustias habían atacado aquel corazón tan generoso y valiente: “Yo
no puedo vivir sin Ospina”, decía, y realmente cuando menos se esperaba, el 9 de diciembre de 1885 moría casi
repentinamente, pues la enfermedad que la tenía en cama no era cosa grave.  El 8 de diciembre había comulgado
en la cama, porque el médico no le permitía levantarse.  Estaba recibiendo la visita de Barrientos; llegó Amalia
Madriñán a darle una taza de leche que ella tomó, y al acostarse se quedó muerta.  El médico que estaba
hablando con Tulio en la sala, cuando lo llamaron, no podía creerlo; pero fue preciso convencernos de la más
buena y agnegada esposa y la madre más santa y cariñosa había volado al cielo.  No sobrevivió a mi papá un año
entero.

Ojalá que estos mal redactados recuerdos se transmitan en la familia para que no pasen al olvido.