Memoria sobre la prisión de los doctores Mariano y Pastor Ospina

Por Concepción Ospina Vásquez, 1942, Bogotá

Reproducido del libro:  Tres presidentes de Colombia y semblanzas de personajes de la familia Ospina, por Juan
Antonio Pardo Ospina, 1946.  Editorial Santafé, Bogotá, Colombia .
La devoción de la Virgen de los Desamparados vino a ser la de nuestra familia porque a la intercesión de la
Virgen, bajo esta advocación, atribuía mi mamá el que mi padre y mi tío Pastor su hermano, no hubieran sido
fusilados, estando ya condendos a muerte por el General Mosquera, y en capilla.

Cuando ella, sumida en el más terrible dolor, acompañada por algunas señoras, ya muy avanzada la noche, rezaba
sin consuelo, ante una imágen de la Virgen (me parece la de la Silla, que deben tenerla Uds., o la familia de
Santiago), se presentó un señor (liberal) llevando un cuadro de Nuestra Señora de los Desamparados, y
entregándoselo le dijo: “Ese crimen no puede consumarse, la Virgen de los Desamparados es muy milagrosa, aquí
se lo traigo, pídanle a ella esta gracia.”

Mi mamá agradecida recibió el cuadro y lo puso en improvisado altarcito; pero no contenta con rezar ella y los
que la acompañaban mandó que le trajeran los niños, muy pequeños todavía, y que los pusieran al pie del altar
para que la inocencia de esas pobres criaturitas conmoviera el corazón de la virgen.  Allí, acostados, los dejaron
toda la noche, mientras ella, acompañada de algunas señoras y del servicio, rezaban sin descanso, entre lágrimas y
angustia mortal.

No recuerdo a qué horas, pero sí muy de mañana, el señor que había llevado el cuadro de la Virgen, se presentó
nuevamente con la noticia, para todos inesperada, pues (los más connotados liberales también pedían al General
Mosquera la vida de los presos) de que de un momento a otro el presidente había ordenado que no se ejecutara
la sentencia.  El milagro de la Virgen era patente; pero el calvario para los pobres presos apenas empezaba, pues,
por orden del General Mosquera, fueron conducidos, con cadenas, a pie, al Magdalena.  Mi madre apenas lo
supo, mandó un hombre con un caballo ensillado para mi papá que sufría del corazón, y le habían prohibo los
médicos el ejercicio fuerte; pero en aquellos tiempos de salvajismo, puede decirse, fue inútil todo, porque uno de
los guardias se aprovechó del caballo, y el pobre preso tuve que seguir a pie y encadenado.

Al llegar al Magdalena, embarcaron a los cinco presos en una canoa, y en otra iban los guardias.  No se sabe si
tenían orden de ahogar a los presos; pero el caso es que, al llegar a los saltos de Honda, los soldados
abandonaron a los presos en una de las canoas, contando seguramente con que aquellos perecerían ahogados;
pero nuevamente la Virgen de los Desamparados a quien mi mamá rogaba sin consuelo, amparó a los presos.  La
canoa en el salto se volcó; pero los presos todos, pudieron cogerse de ella, y la corriente, cosa maravillosa, los
arrojó a la orilla, donde de nuevo cayeron en manos de los soldados asombrados, pues no esperaban que ninguno
se salvara.

Al fin los pobres presos llegaron a Honda, me parece, y allí los embarcaron en un vapor muy incómodo, y
encadenados éllos, para llevarlos a Cartagena.

No sé cuánto tiempo duraría aquel terrible viaje, el caso es que al llegar a Cartagena fueron encerrados, con
grillos y cadenas, en las bóvedas de Bocachica, en un calabozo infecto y húmedo, debajo del mar, cuyas paredes
de piedra bañadas por el mar, destilaban agua.

Entre tanto mi mamá preparaba el viaje para seguir a su marido.  Con todas las incomodidades de aquellos
tiempos, emprendió un viaje, con Tulio, Pedro Nel, y Santiago que estaba todavía en brazos.  Le tocó por fortuna
hacer el viaje en el vapor que llevaba a los Jesuitas desterrados, los que habían venido a Colombia llamados por
mi tío Pastor y mi papá, cuando fue Ministro de Instrucción Pública.  Así el viaje fue menos amargo.  La Virgen
de los Desamparados velaba por ellos.  Acompañaban a mi mamá, Teodora Pérez, una señorita de buena familia,
pero pobre, que como ama de llaves la acompañó desde que se casó hasta la muerte, muriendo ella pocos meses
después del fallecimiento de aquélla, querida y respetada por toda la familia, como un miembro de la misma;
Liboria Rodríguez, una muchacha de Guasca, que muy joven fue, como sirvienta, cuando mi papá era presidente,
y murió también con nosotros con más de 70 años.  Esta fue siempre la encargada de cuidar a los niños, oficio
que ejerció hasta que ellos estuvieran grandes, pues mi mamá quería que aun de noche durmiera Liboria cerca del
cuarto donde ellos dormían.  A este cuidado y vigilancia constantes, aún en la juventud de aquellos, se debió
probablemente la conducta intachable de éstos.  Gracias también a la Virgen de los Desemparados, a quien ella
los había consagrado.

Después de muchos días de navegación en el Magdalena, arribó por fin el buque a Cartagena.  Los Jesuitas
siguieron en un buque al mar, para Puerto Rico; y mi mamá con los niños y el servicio, se estableció allí donde fue
muy bien acogida por unos señores Gordon, que la hospedaron en su casa, tratándola como a miembro de la
familia y prodigándoles a ella y los niños, toda clase de cuidados.  Era ésta una familia de los principal en
Cartagena.  La Virgen de los Desamparados le había deparado aquella familia donde mi mamá se encontró como
en su propia casa, rodeada de cariño y de cuidados.  Gracias a esto pudo ella realizar sus proyectos de liberar a
mi papá, de otra manera, esto hubiera sido poco menos que imposible.

No sin trabajo consiguió que le permitieran visitar a mi papá cada 15 días, en aquel calabozo inmundo, donde los
pobres presos encadenados se consumían.  Era tal la humedad, que un día al embarcarse ella para ir a visitar a mi
papá, vio una plantica en la orilla del mar y la arrancó para llevásela al pobre preso.  El la colocó en la hendidura
de la piedras del calabozo, y allí creció.

La situación de los presos era espantosa; el aire infecto de aquel calabozo subterráneo, la humedad, pues las
piedras destilaban agua día y noche, la falta de aire y de sol, causó entre los presos una epidemia de disentería.  
Todos se contagiaron, y la fiebre que los atormentaba era como un alivio a pesar de todo, pues se amontonaban
unos contra otros para calentarse.

En esta situación imposible de resistir, mi madre después de haberlos visitado y encontrado en aquella terrible
situación, resolvió presentarse al Gobernador de Cartagena, un tipo especial que se daba mucho tono de y no
tenía en su despacho más que una silla para él, de modo que quien iba a tratar algún asunto tenía que hacerlo de
pies; mi mamá lo sabía. Cuando ella llegó, este estaba hablando con otro, y probablemente para que mi madre no
oyera lo que trataban, salió con él.  Ella aprovechó para sentarse en la silla, y darle así una lección; al volver el tal
tipo, ella sentada en la silla, le dijo: vengo a pedir a Ud. que si tiene orden de matar a los presos disimuladamente,
los mate haciéndolos fusilar; vengo a pedirle que fusilen a mi marido, pues Uds. lo que están haciendo es
matándolos disimuladamente, para que no se les impute el crimen.  Tenerlos con grillos en aquel calabozo infecto
sin un remedio, es un delito.  El hombre aquél, aunque debió enfurecerse, mandó que quitaran los grillos a los
enfermos, único alivio que les proporcionaron.

Entre tanto, mi madre estaba tratando la evasión, pero hubo sospechas, y fue puesta en la cárcel; pero exigió que
una de las personas del servicio de ella la acompañara, y fue atendida; Liboria fue a hacerle compañía.  Creo que
los mismos liberales protestaron contra semejante infamia.  El caso es que sólo duró en la cárcel unos pocos días;
pero para asegurara mejor los presos, ordenaron que fueran trasladados a la cárcel de Cartagena, cárcel horrible,
donde los sufrimientos de los presos se aumentaron, pues no salían nuca del horrible calabozo donde los tenían
encerrados.

Pero la Virgen de los Desamparados, a quien se pedía de continuo por la libertad de aquellos seres tan queridos,
iba a mostrar de nuevo su poder.

No sé cómo se relacionó mi madre con un Misionero italiano, el Padre Biffi que trabajó incansablemente por
regenerar aquella tierra, y recorrió los pueblos y miserables caseríos con un celo y una caridad infatigables.  Era
éste el que la Virgen le iba a deparar a mi padre para realizar la casi imposible empresa de liberar a los presos.

El enseñó una clave para que pudieran entenderse con mi padre por escrito, pues aunque le dejaban ver a mi
padre dos veces en el mes, la visista tenía que hacerla en presencia de un oficial que la acompañaba al calabozo
horrible, donde los cinco presos se consumían, con grillos cargados en cadenas, pero allí podía ella mandarles la
comida.

El padre Biffi le aconsejó a ella que consiguiera un juego para café que tuviera la manija de madera.  El, que
entendía de todo, se arregló la manera de poder destornillar la manija de la cafetera o lechera sin que se notara, y
consiguió un papel tan delgado come el de la seda; luego le dio una clave duplicada para que diera una a mi
padre, y ella conservara la otra, que dando de ida como de vuelta iba y venía envuelta en un alambrito que metían
dentro del asa de la lechera o cafetera.  Así fue ya posible ponerse en comunicación para ir preparando la fuga.  
(En el armario que tenía en mi casa cuando me vine de religiosa, y que era el de mi madre, en un cajón estaban los
papelitos de seda que mi madre y mi papá escribían en clave para acordar la fuga.  Quién sabe qué suerte
correrían.  Yo nunca pude descifrarla.  Si Uds. tienen eso papelitos que eran muchos, encontrarían algo muy
interesante, pues allí está toda la historia de la huída).

El caso es que, gracias a la clave, pudieron coordinar las cosas y así no fracasaron como la primera vez.  Pero era
preciso romper los grillos y las cadenas y para esto necesitaban una sierra que le Padre Biffi consiguió.  ¿Pero
cómo entregárla a los presos?  El amor lo puede todo, y la Virgen de los Desamparados a quien tanto los presos
como el Padre Biffi y mi madre y su familia, hacían continuamente la novena, debía realizar el milagro.

Conseguida la sierra muy fina, resolvió mi madre llevarla a la visista que le permitían hacer a mi padre cada 15
días, con un oficial presente.  Llegado el día ató la sierra con un cuerda y se la colgó de la cintura, debajo de la
falda, pero de modo que pudiera, sin ser notada, soltarla y dejarla caer sin ruido para que quedara debajo de la
banca donde ella se sentaba.  (Los presos, o mejor dicho, mi padre y tío Pastor, estaban ya informados del plan).  
Llegando el día, ella se fue llevando así la sierra de modo que pudiera hacerla caer sin producir ruido y sin ser
notada.

Como el calabozo estaba en un piso alto, era preciso subir una escalera muy incómoda; el oficial que la
acompañaba le dio el brazo para ayudarla a subir, y cuando iba trepando por aquella escalera oscura y muy
pendiente, sintió que la sierra se le caía.  Instantáneamente se dejó caer como privada.  Al verla así el oficial se
asustó y corrió a llevar agua para echarle en la cara.  Apenas él corrió, ella como pudo aseguró nuevamente la
sierra, de modo que cuando él llegó con el agua para echarle en la cara y darle a beber, ella simulando que volvía
del desmayo, tomó unos tragos de agua y ayudada de él se levantó para seguir trepando la escalera.  Así pudo
introducir la sierra, que una vez en el suelo, ella con el pie la empujó de modo que no pudiera verla el oficial.

Con esto, el instrumento más necesario para conseguir la libertad estaba en manos de los presos.  ¿No fue esto un
milagro de la Virgen de los Desamparados?

Como el centinela guardaba a los presos fuéra de la puerta cerrada del calabozo, éstos por la noche, uno tras
otro, pues mientras uno limaba las cadenas y los grillos, los otros dormían, fueron poco a poco debilitados
aquellos y luégo empezaron a limar los barrotes de hierro de la ventana por donde debían evadirse.  Aquello fue
cuestión muy larga, pero al fin se realizó.

Otra vez la Virgen de los Desamparados manifiesta su poder.  Caer a la calle era imposible por lo muy peligroso
de ser descubiertos, pero una de las rejas de hierro del calabozo daba sobre una casa pequeña.  Monseñor Biffi
compro unos meses antes al dueño, que era un liberal, aquella casa; así los presos podían caer a ésta.

Después de varios meses de trabajar de noche, las cadenas y los barrotes de la reja por donde debían
descolgarse estaban listos, pero como se esperaba antes esto, ya mi madre había tenido que pagar una gruesa
suma a un vapor francés que debía recibir a los presos.

Esta segunda vez fue un vapor inglés que al salir de la bahía los esperó no sé cuántos días en una rada. El caso es
que fijado ya el día y la hora, Sebastián Ospina, el hijo de mi tío Pastor, y un señor de Cartagena cuyo nombre no
recuerdo, recomendado por el padre Biffi y que murió en Guatemala en la casa de mi padre, fueron
disimuladamente a aquella casa que hacía meses no estaba habitada, a esperar la bajada de los presos hacia la
media noche.

Amarrando unas sábanas con otras se fueron descolgando uno tras otro por la reja cuyos barrotes de hierro
habían limado.  Una vez que estuvieron todos abajo, hacia la media noche, emprendieron la fuga merced a la
oscuridad de aquellas calles angostas y torcidas; los presos seguían a distancia unos de otros a los guías que iban
adelante.  Al llegar al mar, uno de los presos, no sé el nombre, no había llegado; la angustia de todos fue muy
grande.  Allí estaba la barca de los contrabandistas que debía volverlos a la rada donde los esperaba el buque
inglés que debía llevarlos a Puerto Rico mediante otra cantidad de dinero; mi padre declaró que él no se
embarcaría dejando abandonado a un amigo.  Fue preciso que los dos guías volvieran a buscar por las calles
recorridas al pobre extraviado; afortunadamente no estaba muy lejos y pronto se embarcó con los otros en la
lancha de los contrabandistas.  Los cinco presos y Sebastián y el señor que los ayudaba, partieron, pero el peligro
de ser descubiertos no había pasado, pues al llegar a Bocachica, donde había un retén, era necesario detenerse
para examinar lo que llevaba la barca; felizmente los contrabandistas que tenían bien entablado su negocio,
acostumbraban pagar a los guardias cierta cantidad de dinero para que los dejaran pasar sin registrar la barca, en
cuyo fondo estaban acostados los presos y medio cubiertos con el contrabando.

Salvos de aquel peligro, los contrabandistas los llevaron a la rada donde los esperaba el buque, y recibido el
pago, se alejaron.

Libres, los prisioneros después de quince meses de cadenas y prisión, debieron dar muy de corazón las gracias a
Dios y a la Virgen de los Desamparados cuya novena hicieron en la prisión, mes tras mes.

Decían, no sé si es verdad, que el buque en que iban los presos tenía que llegar a Panamá, y que desde lejos
pudieron ver soldados que en formación esperaban la llegada de los prisioneros para apoderarse de ellos, pero
que un barco francés que pasaba por allí convino en recibirlos a bordo y ellos se pasaron, dejando así burlado al
Gobierno.

Sin más peripecias llegaron al fin a Puerto Rico donde los jesuitas los alojaron en su casa rodeándolos de
cuidados y caritativas atenciones.

¿No se ve este atrevido y casi increíble episodio de la vida de papá y de tío Pastor, más que patente la protección
extraordinaria de la Virgen de los Desamparados?  Escaparse de aquella horrible cárcel de Cartagena cinco
presos tan bien vigilados y cargados como los tenían con cadenas y grillos?

Haber podido mi madre, tan joven e inexperta, realizar aquella proesa y el haber encontrado esa ayuda tan grande
en aquel santo emisario que vino a ser más tarde Monseñor Biffi.  Cómo no ver en todo esto la mano bendita de
la Virgen de los Desamparados?

La historia no está completa, pues ustedes se quedarían sin saber qué suerte corrió mi madre.

Qué noche pasaría ella sin saber la suerte de los presos, ya que no se puede úno imaginar, qué angustia y qué
sobresalto.

Cuando ella vio que amanecía y ninguna noticia había llegado, comprendió que los presos se habían salvado y
pensó entonces en ponerse ella en salvo antes que intentaran apresarla.
--
No sé si por consejo del Padre Biffi o por inspiración de la Virgen, pensó en salvarse, y por esto, aunque no
conocía al Cónsul de Francia, se presentó a su casa y le dijo que se acogía de la bandera francesa, contándole lo
que había ocurrido y ofreciéndole pagar su alimentación y los gastos que pudieran ocurrir mientras podía ella
también escaparse de Colombia.

Parece que el Cónsul, aunque no de muy buena gana, convino en que se quedara allí.  La señora del Cónsul sí se
manejó muy bien con ella y le sirvió en cuanto pudo.

Entre las cartas de que ya les hablé y que quedaron en el escaparate que era de mi madre, había una carta de
Napoleón III manifestando a mi padre su disgusto con el Cónsul porque había recibido la pensión que mi madre
ofreció pagar, y decía, que por ese motivo había destituído al Cónsul.

Hagan las diligencias del caso para buscar esas cartas tan interesantes de que les hablo.  Dicen que Mariano
Ospina Pérez piensa escribirla biografía de mi padre.  Cuánto interés podría darle todo eso y hasta esto que yo les
cuento a ustedes, pues creo que él no sabe la mayor parte de estas cosas.

Vuelvo, pues a mi madre.  Cuando fueron a buscarla a la casa donde vivía no la encontraron y pudiendo hacer
otra cosa, pusieron un centinela, no en la puerta de la casa del Cónsul sino al frente; allí se remudaban y vigilaban
día y noche, sin molestar en nada.

Allí iba Teodora y las sirvientas con los niños y no les impedía el centinela la entrada.

Allí supo mi madre, no sé cómo, tal vez por medio del Cónsul, que los presos habían llegado libres a Puerto Rico
y los esperaban con los niños.

Cómo escaparse ella?  Este era un verdadero problema muy difícil de resolver; pero aquella inteligencia tan
práctica de mi madre, con la ayuda de la Virgen de los desamparados, a la vez que no dejaba de invocar su
ayuda, le inspiró una idea felíz:

Le propuso a la señora del Cónsul que saliera con ella en el coche del Cónsul a bañarse en el mar, a ver si así
podía ella despistar al centinela y huirse embarcada.

La señora muy amablemente convino, y empezaron así sus paseos matutinos al mar donde se bañaban; por
muchos días el centinela hacía que el coche fuera al paso suyo y las acompañaba de ida y vuelta; pero al fin se
cansó de aquel paseo y acabó por no ir más.

Cuando mi madre se convenció de que ya el centinela no las seguiría, arregló con Teodora y las sirvientas de
modo que aquélla comprara pasajes en alguno de los vapores que salían, y llevaran disimuladamente el poco
equipaje, y tuvieran también comprado el pasaje para ella, que el día de la partida o la víspera sin ser notadas, a
diferentes horas y por distintas calles, salieron cada una con uno de los niños y se embarcaran, que ella, con la
ayuda de la Virgen, llegaría a tiempo de partir el buque.

Así lo hicieron, y una mañana cuando nadie podía sospecharlo se fue con la señora del Cónsul a bañar al mar, y
con sorpresa seguramente del centinela, no volvió más.  Ya el buque había partido y ella estaba libre, rodeada de
sus hijos.

No sería la Virgen de los Desamparados la inspiradora de aquella fuga admirable?

Cuando las fugitivas llegaron a Puerto Rico, los Jesuítas les tenían una casita con todo lo necesario, y ya puede
úno imaginar la felicidad de volverse a encontrar con mi papá y los compañeros, y la gratitud hacia aquella bendita
Madre de los Desamparados.

--
Después de algunos meses, casi exhaustos, como tenían que estar de recursos, pues aunque mi mamá había
recibido la herencia en dinero, de mi abuelo, los gastos habían sido enormes, los recursos escaseaban.  En Puerto
Rico era casi imposible poderse ganar la vida, y resolvieron que se fuera mi tío Pastor y Sebastián a Guatemala
para ver si era posible establecer allí un colegio.

El gobierno allí era conservador y los recibió muy bien.  Así que se resolvió emprender el viaje a Guatemala.

Cuando llegaron allí los Jesuitas, entre los que se hallaban algunos de los desterrados de Colombia, como el
Padre Paúl, el Padre Taguada y otros, se habían valido de las señoras amigas y les tenían lista y amueblada una
casita con todo lo necesario.

Establecido el colegio con tan buenos catedráticos, fue posible allí la vida.  Mi mamá no se contentó con que sólo
los hombres trabajaran, sino que hizo un pedido a Europa de loza y cristal y estableció un almacén donde puso a
vender a Liboria.

Más tarde mi papá compró un terreno y estableció el primer cafetal que hubo en Centro América.

Las buenas noticias que llegaban a Medellín de los fugitivos, llenaron de entusiasmo no solamente a los parientes
sino a otras personas, y huyendo del gobierno impío que perseguía la religión e imponía la instrucción laica, más
de cinco familias emprendieron viaje a Guatemala donde se establecieron y vivieron muchos años, algunas se
quedaron y otras, la mayor parte, regresaron a Antioquia cuando el Gobierno del doctor Berrio.

Probablemente mi papá se hubiera quedado con la familia allí, pero desgraciadamente cayó el gobierno
conservador y al subir el liberal empezó la persecución de los jesuítas.  Mi papá se puso de parte de éstos y
escribió artículos defendiéndolos.  El Gobierno se puso en contra suya y fue preciso salir abandonando aquella
tierra hospitalaria, cuyo recuerdo conservaron mis padres y mis hermanos con el mayor cariño.

Después de muchos años Rafael y María, llevando a Enriqueta, fueron a Guatemala para arreglar, Rafael con
Pedro Nel, que hacía algún tiempo estaba allí, la venta de los cafetales; por eso Alfonso nació allá.  También
habían nacido en Guatemala: María, Mariano, Cecilia Francisco.  Este último murió en camino cuando regresaba a
Colombia; Teresa Ospina de Pardo, hija de tía Marciana, también nació en Guatemala.

Esta es la historia de aquellos primeros tiempos.  Yo no existía entonces, pues nací no sé si un año o más después
de que la familia volvió a Medellín; el regreso de ésta fue probablemente en 1872.

La última parte de la historia de nuestra familia es digna de ser conocida.  Si tengo tiempo la escribiré con ésta,
aunque es más conocida.